El Futuro es Ahora, VVAA. James Crawford Publishing.

Por R. G. Wittener.

 Creo que una de las mayores satisfacciones que puedes tener al comentar obras ajenas es que una editorial se ponga en contacto contigo para saber si te interesaría reseñar sus títulos. Quiero pensar que esa es una señal de que lo estás haciendo bien, y de que hay gente que se fía de tu criterio. Así que al recibir la oferta de JCP (James Crawford Publishing) me alegré bastante. Primero por hacerme esa propuesta, y después por permitirme descubrir otro de los proyectos que, con modestia y tesón, está pugnando por dar visibilidad al género escrito en España.

El futuro es ahora, la última antología que han organizado, se presenta como un homenaje a la Ci-Fi en general, y a las publicaciones que se dedicaron a difundirla a nivel nacional desde finales de los 70 (BEM, Asimov, Nueva Dimensión…); para lo cual han recuperado varios relatos de ésa época, entre cuyos autores se cuentan algunos de los representantes más curtidos del género: Rafa Marín, Rodolfo Martinez, Juan M. Aguilera, Ángel Torres Quesada… a los que acompañan “nuevas plumas” como Pilar Barba, Laura López Alfranca, Alfredo Álamo o Ramón San Miguel.

Una vez hechas las presentaciones, ¿cuál es mi impresión? Pues, en términos generales, el resultado es desigual. Como en algunos equipos deportivos, las tablas acumuladas por los veteranos se hacen de notar al compararlos con los “novatos”. El manejo de los recursos del género, e incluso la capacidad para hacer género con textos que no lo parecen a primera vista, les ponen un par de escalones por encima; de modo que el nivel final del conjunto acaba siendo un tanto heterogéneo. Lo peor, aunque se trate de casos aislados, son los relatos cuyo estilo narrativo me ha recordado esos tópicos negativos que se le aplicaban antaño a las obras de Ci-Fi: narraciones un tanto acartonadas, reiteración de explicaciones científicas, personajes demasiado estereotipados… lo cual, en cierto sentido, tampoco deja de ser coherente con la idea de “revival” de las historias de hace medio siglo que subyace en la antología. En cualquier caso, como digo, no se trata de un defecto generalizado y, si lo comento, es precisamente por la extrañeza que causa en una publicación actual. Aparte de eso, y dado que hay relatos “recuperados”, me atrevo a aconsejar a JCP que para próximas ediciones añadan una nota para saber dónde y cuándo fueron publicados originalmente.

En cuanto a los relatos en sí, mi lista de preferencias estaría compuesta por cinco de ellos (que, en realidad, son siete):

Con dados cargados“, de Rodolfo Martínez. Mi favorito, probablemente por su temática (los viajes en el tiempo), que exprime a la perfección y que ha servido para que aumente mi admiración por él tras leerle en “La sabiduría de los muertos”. Su relato nos presenta el duelo de lógica entre un viajero “fuera de la ley” y el agente enviado a detenerle para que nunca finalice su ingenio… con un final insospechado que te obliga a querer saber más sobre cuántica y singularidades temporales.

Harím no podía llorar“, de Alfredo Álamo. Historia centrada en los avances en la clonación, la ingeniería genética, la acumulación de poder por grandes conglomerados financieros y la prolongación de la vida por medios mecánicos, cuya ambientación en la cultura hindú me hizo recordar por momentos “La chica mecánica” de Paolo Bacigalupi. Desarrollado en torno a un asesinato y un personaje resentido con su posición en ese mundo, es uno de esos relatos que te dejan con ganas de pedirle al autor que continúe explorando los límites de su universo y creo que lo disfrutarán sobre todo los fans de Blade Runner.

Ángel exterminador“, de Rafa Marín. Replicando muchos clichés de bandos polarizados que poblaban los libros y películas en la Guerra Fría, Marín desarrolla el encuentro en el espacio entre la multicultural embajada de la humanidad y una raza alienígena con la que, tras años de guerra, pretenden firmar un armisticio. Una historia de recelos continuos respecto “del otro” que podría recordarnos a un episodio de Star Trek.. si Marín no acabase llevándonos con una brutalidad inexorable hacia una versión muy pesimista ¿o debería decir realista? de lo que se podría esperar.

Amanecer en la playa“, de Ángel Torres Quesada. Junto con “Atardecer en la playa” y “Anochecer en la playa” se trata, en realidad, de una historia sobre el fin del mundo dividida en tres relatos, que se han repartido a lo largo de la antología. Y el resultado es muy original; aunque, al primar en el primer fragmento lo místico-religioso, me dio la impresión de no encajar con el resto; mientras que el segundo te pilla de sorpresa al traer de vuelta a los personajes desde un punto de vista diferente, y el tercero cierra el círculo de la narración con unos de esos finales que te hacen imaginar al autor, riendo de forma siniestra en una noche tormentosa.

Todo lo que un hombre puede imaginar“, de Juan M. Aguilera. Homenaje a uno de los padres de la Ci-Fi, que comienza con lo que debe de ser un sueño para muchos aficionados: viajar al pasado para conocer en persona a Jules Verne. La segundo mitad, sin embargo, me resultó mas compleja porque Aguilera pasa a hablar de realidades autocontenidas como matrioskas rusas, describiendo una estructura de esfera armilar cuya apariencia y dimensiones no me fueron fáciles de asimilar.

Aparte de estos, también quiero reseñar “El intruso fantasma“, de Ramón San Miguel, que se basa en la problemática de las paranoias en los viajes interestelares para desarrollar su historia bajo un esquema de terror y posesiones; “Cromatóforo“, de León Arsenal, con una narración muy sencilla y austera sobre los misterios que les aguardan a los colonos de otras planetas (desarrollando, de paso, la previsible evolución de sociedades y morales divergentes con respecto a la Tierra, y entre los distintos planetas); “No significa nada“, de Anika Lillo, que repasa un tópico del género como los contactos con alienígenas de una forma muy breve; y “Cuestión de circuitos“, de Laura López Alfranca, con una historia sobre los riesgos de que la cibernética acabe por permitir a terceros el manipular nuestros sentidos y la propia realidad que nos rodea, haciéndonos vivir el espejismo (o la pesadilla) que elijan.

En definitiva, una colección de relatos que, como poco, hará pasar un rato entretenido a los aficionados a la Ci-Fi, y servirá para tratar con esta mezcla de veteranos y primerizos del género… espero que para despertar la curiosidad y querer leer más cosas de ellos.

El futuro es ahora. VVAA
Editorial: James Crawford Publishing
Fecha de publicación: Septiembre 2017
Precio: 10€ / Ebook: 2,95€
Páginas: 256
Formato: 13×20 cm. Rústica
ISBN: 978-15-39081-64-7

 

¿Matará el éxito a Juego de Tronos?

Por R. G. Wittener

Después del trepidante verano al que nos ha sometido HBO con la séptima temporada de Juego de Tronos, lo cierto es que la sensación de un buen número de aficionados es de insatisfacción. O, al menos, esa es la interpretación que yo hago de los comentarios que he recibido de mis amistades y de lo que veo en los canales de YouTube que sigo. Un efecto provocado por la forma en que se han planteado estos episodios, y que es el resultado de los problemas de la productora para manejar una serie con hechuras de superproducción cinematográfica.

Para empezar, la séptima temporada ha estado marcada por los saltos temporales más radicales que nunca antes se habían visto en Poniente. Ha sido, por así decirlo, una temporada express. Y aunque ya habíamos tenido algunos ejemplos de “acción acelerada” en episodios de la sexta temporada (la llegada del Rey de la Noche al refugio del Cuervo de Tres Ojos, o la muy comentada ubicuidad de Varys en el último episodio), hasta este año la acción de cada capítulo transcurría en un lapso de tiempo que se medía en días y había una percepción general de “simultaneidad relativa” entre los lugares en que se desarrollaban las tramas. Viajar de un punto a otro podía alargarse durante dos o tres episodios, y hasta hemos tenido temporadas en las que la trama de unos personajes consistía precisamente en narrar las peripecias de su viaje (Arya y el Perro, o Brienne y James); algo que, tras el primer episodio de la última temporada, mudó en desboque de caballos y en trastocar ese acuerdo entre la serie y sus seguidores, por el cual no se producían grandes elipsis temporales, y mucho menos de forma sistemática.

De modo que los espectadores nos hemos encontrado no solo con personajes, si no con ejércitos completos que “saltaban” de un punto geográfico a otro, obligándonos a entender que habían transcurrido días (por no decir semanas) en un simple fundido en negro. Un recurso que, de pronto, comenzó a repetirse en un mismo episodio, dejando así lapsos de tiempo “en blanco” en los que las tramas de los personajes evolucionaban sin que nosotros lo pudiéramos ver. Todo lo cual ha hecho que la campaña de Daenerys por hacerse con el control de Poniente, que se presuponía al final de la sexta temporada como algo para recordar… lo haya sido, por la dificultad para seguir los continuos viajes de sus ejércitos, y por resultar más bien un fiasco (lo cual, como ya explicaré, era previsible en parte).

Personalmente, y aquí quiero hilvanar todo lo expuesto con mi comentario inicial, el causante de todo este cambio en el desarrollo de la serie está muy claro: la decisión de HBO de acortar la temporada a solo siete episodios. Una modificación justificada en el deseo de mantener la calidad de producción de cada capítulo sin querer aumentar el presupuesto global, a sabiendas de la cantidad de batallas que debían filmarse (y que los dragones y los Caminantes Blancos estarían presentes en muchos planos). Después de haber ofrecido momentos como la Batalla del Aguasnegras, o la Batalla de los Bastardos, estaba claro que no podían quedarse cortos en la que, parecía, sería la guerra final por el Trono de Hierro; unos combates que todos imaginábamos ya aún más épicos que todo lo anterior.

Lo malo ha sido que esta reducción de longitud no venía justificada (como yo mismo creía) porque tuviesen menos cosas que contar a nivel de personajes, si no porque habían optado por condensar las tramas. Por mi parte, y tras las temporadas anteriores, pensé que el “nudo” de la trama ya estaba resuelto. Que los personajes ya habían evolucionado hasta dejarlos completamente definidos y tocaba lanzarse hacia el desenlace final. Que su viaje estaba por concluir y ahora era el momento de mancharse las manos y ver quién salía vencedor del juego de tronos. Razoné que esta sería la temporada de la guerra entre Cersei y Daenerys, y la última serviría para detener a los Caminantes Blancos y despedir a los supervivientes en sus destinos finales. Pero no. No ha sido así. Aún quedaba bastante tela que cortar en los patrones de varios de los protagonistas. Y lo malo ha sido que, al enfocarse en conseguir que “el impacto visual de la serie estuviera a la altura”, lo que ha salido perdiendo ha sido su otro soporte en el éxito: las tramas de poder. El fondo de los personajes. Antes he dicho que habían condensado las tramas, pero una definición más certera sería que las han pasado por un alambique hasta intentar quedarse solo con su esencia más concentrada, sin conseguirlo del todo. Esa precipitación de eventos, que nos llevaba de un momento intenso a otro (reduciéndolo al momento de mayor exaltación), ha obligado a “saltarse los preliminares” en la mayoría de las líneas argumentales: el retorno de los niños Stark, la relación de Jon y Daenerys, el choque de Cersei y Jaime… y, por encima de todo, la conspiración de Meñique.

Resumir lo ocurrido este verano es complicado, porque cada episodio ha constituido ya el resumen de algo que debería haber sido más elaborado. De hecho, y considerando que han querido dar cierta preeminencia al aspecto bélico de la temporada y, por tanto, a las batallas, ha habido unas cuantas que se han resuelto con un par de planos aéreos, un minuto de acción, y poco más. Nada de lo que habríamos esperado. Al menos, esa es mi impresión. Y además, para mayor fastidio, los personajes más vapuleados en la temporada han sido los del bando de “los buenos” (o ese es el balance que yo hago). Como ya he dicho antes, precisamente porque el ejército de Daenerys resultaba formidable, la lógica narrativa permitía adivinar que sufriría algún revés para igualar la balanza y hacer menos predecible el resultado de la guerra; pero yo, desde luego, no me esperaba que la debacle fuera tan catastrófica: el brillante Tyrion ha resultado ser un pusilánime como estratega, Daenerys ha pasado a ser una reina soberbia que hace oídos sordos a sus consejeros, sus aliados han pecado de una bisoñez militar pasmosa… y, en el norte, Arya y Samsa se han enredado en una pelea de niñas, cuya lógica solo estaba clara en la mente de los guionistas, y que se ha resuelto de una manera en la que algunas feministas se han sentido humilladas. En resumen, que todos esos personajes han defraudado a sus fans.

Para la última temporada, que al parecer se va a postergar hasta 2019 de forma definitiva, HBO ha anunciado un incremento muy jugoso en el presupuesto de cada episodio. Sin embargo, pretende mantener la misma extensión que este año (aunque algún capítulo podría superar con creces los 50 minutos de duración). El problema es que, visto lo visto, la semilla de la sospecha (al menos en mi caso) ya está plantada. Personalmente, cuando anunciaron los planes de “recortes” para las temporadas finales comencé a dudar de que pudieran cerrar la serie disponiendo “nada más” que de catorce episodios. Dada la cantidad de líneas argumentales y de personajes, por más que haya bajas de aquí al final, mi lógica me dice que sería necesaria una serie de “cierres de tramas en secuencia”, al modo en que se hizo en El Señor de los Anillos.

Y aunque solo uno (o dos, si hay boda) se pueda sentar en el Trono de Hierro, creo que ningún aficionado se quedará tranquilo si no le explican cuál será el destino de su personaje favorito después del definitivo Final. Pero ahora, después de nueve años compartiendo las aventuras de estos personajes, temo que me enfrente a otra carrera de velocidad en cada episodio, y todo lo bueno que se podía decir de la serie se olvide por culpa de un “tapón mágico en el centro de la isla”, provocado por centrarse más en la forma que en el contenido.

 

 

Comic: Las “verdaderas aventuras” de Valerian

Por R. G. Wittener.

Si ha existido una rutina en mi vida que haya practicado con tenacidad durante mucho tiempo, y que tuviera luego una influencia transcendente sobre quién soy, creo que la más evidente fue mi costumbre de acudir a diario a la biblioteca del barrio; durante la mayoría de mi etapa escolar, y se podría decir que hasta buena parte de la adolescencia, mis tardes transcurrieron sentado en la sala de lectura, con un libro en las manos (información que, espero, sea útil para el viajero espacio-temporal que deba viajar a mi pasado para convertirme en el héroe de alguna gran historia épica).

El hecho es que, además de muchos libros de aventuras, la biblioteca se nutría de vez en cuando con remesas de álbumes de cómics europeos (Tintín, Blueberry, Asterix, Lucky Luke, etc…) Unos tomos que provocaban revuelo y auténticas batallas los días de su llegada, para luego ser leídos y releídos con avidez cada vez que tenías la suerte de encontrar un ejemplar en la estantería, hasta que las páginas se desprendían y las pastas sufrían el castigo de tanto vaivén. En mi caso, uno de esos cómics eran las aventuras de Valerian. Una afición que, ahora, creo que se vio mediatizada por esa “combinación espacial” que se dio en la tele de los ochenta, y que no debe de ser ajena a quienes ronden ahora los cuarenta: cuando nuestros héroes de la tele se repartían entre la Batalla de los Planetas (más conocida como Comando-G), Ulysses-31, y Érase una vez… el Espacio. En aquella época me habría costado decidir si mi nave espacial favorita era el Fénix o la nave de Ulises, pero las únicas aventuras que podía disfrutar una y otra vez (aún faltaban años para el vídeo doméstico en mi casa), eran las de Valerian y Laureline. Una devoción que se concretó de forma reciente con la adquisición de todos los álbumes, para poder sumergirme en ellos de nuevo.

Con todo esto quiero decir que, para mi, los personajes de Mezières y Christin son viejos amigos cuyas peculiaridades tengo muy claras. He compartido con ellos suficiente tiempo como para reconocerles sin dudar entre muchos otros y, lamentablemente, no son los que me he encontrado en la cinta de Luc Besson.

Mi mayor frustración se centra, además, en el protagonista masculino. Valerian siempre fue un Han Solo sin Chewbacca, un tipo cuyos planes se limitaban a saltar por sorpresa sobre los enemigos y confiar en que la fortuna le sería propicia y le permitiría escapar sin un rasguño. Un ligón “a su pesar”, capaz de seducir a casi cualquier forma femenina del universo. Un irresponsable, en definitiva, bastante cercano a los 007 del cine. Todo lo cual no acaba de encajarme con ese agente aniñado que encarna Dane DeHaan, y aún menos con su devoción amorosa por Laureline (que, en los cómics, siempre fue tensión sexual no resuelta). Valerian debería haber sido interpretado por algún actor cuya presencia física estuviese cerca de Matt Bomer o James Franco, al menos. Alguien de quien te creyeras que, de verdad, ha estado de parranda con medio universo y al que envidiaras su sonrisa porque sabes que eso le basta para engatusar a una chica.

Por otro lado (y en contra de muchas críticas que han aparecido), Cara Delevigne sí ha dado vida a una versión más próxima a Laureline (o, dicho de otro modo, comparando las encarnaciones de los dos protagonistas, al menos ella ha estado más cerca de la imagen mental que podria hacerme de su personaje). La respondona, avispada e independiente muchacha que pasa de aldeana medieval a espía intergaláctica (muy próxima a la Leia de El retorno del Jedi), ha quedado mejor plasmada en la película; aunque el guión decidiera obviar su peculiar origen, Delevigne casi parezca la niñera de DeHaan y el asunto de su relación sentimental ocupe demasiado tiempo en la trama de ambos (lo cual me veo cada vez más obligado a considerar que es así para intentar convencer al espectador de que existe algo parecido a química entre ellos).

Por supuesto, no voy a negar que la tecnología le ha permitido a Besson dar forma a un universo estéticamente muy cercano al de los cómics. Algo que no puede sorprendernos a sus fans tras haber visto El quinto elemento, aunque ha sido una suerte comprobar que podía crear otra space opera alejándose de la imaginería de Moebius y, sobre todo, de Gaultier. Incluso la nave de Valerian (base para la creación posterior de El halcón milenario) ha salido muy bien retratada, a pesar de que no debo ser el único que hubiese querido ver en más detalle su interior. Y aún así, considero que la estupenda recreación estética de la película no puede disculpar un guión sin apenas sorpresas en sus giros argumentales, ni esa falta de apego al espíritu de uno de sus protagonistas, precisamente en una obra cuyos mayores jueces tenemos a los personajes tan interiorizados.

Es por eso que, para iluminar a quienes no hayan tenido aún la oportunidad de disfrutar de las “verdaderas” aventuras de Valerian y Laureline, quiero recomendarles la lectura de algunos de los álbumes que considero más representativos (y enzarzarme en discusiones con quienes piensen que me dejo alguno fuera, o que incluyo tramas menores).

Mundos Ficticios“. Aventura en la que Laureline se erige en protagonista principal, mientras dirige a un sinnúmero de clones de Valerian a la búsqueda de un extraño personaje que está recreando fragmentos del pasado terrestre en otros planetas.

Los pájaros del amo“. Una de sus historias más oscuras. En un mundo desprovisto de mucho del color y el humor que suelen impregnar los álbumes, la población sufre la tiranía de “El amo”, y temen el ataque de sus pájaros.

Los héroes del equinoccio“. En un mundo envejecido, la aparición de nuevos niños es imposible mientras no llegue un héroe que viaje hasta una isla sagrada. Pero ninguno de sus habitantes lo ha logrado, así que solicitan ayuda al exterior. Y la Tierra ha escogido a Valerian para que los represente, frente a los miembros de otros planetas cuyos estilos de vida encarnan conocidos estereotipos sociales.

El embajador de las sombras“. El álbum que ha inspirado gran parte de “La ciudad de los mil planetas” de Besson (y que permitirá así comparar a los personajes). En la gran base galáctica de Punto Central, el embajador de la Tierra es secuestrado y la misión de rescatarlo recae en nuestros héroes, descubriendo por el camino a muchos de sus peculiares habitantes.

Metro Châtelet, dirección Cassiopea” – “Los rayos de Hypsis“. Esta es la gran saga de Valerian y Laureline. Una aventura a lo largo de cuatro álbumes (incluyendo “Estación Brooklyn, final de línea el cosmos” y “Los espectros de Inverloch“, en la que una amenaza a la integridad del espacio-tiempo obliga a Valerian y Laureline a actuar como espías encubiertos en la Tierra de finales del siglo XX. Una historia que tiene toques de Bond y Expediente X, en la que se exploró en profundidad la relación entre sus protagonistas mientras los autores elucubran sobre el futuro de la humanidad… y la esencia de lo divino.

Quizás siete álbumes, en una colección que sobrepasa la veintena, puedan parecer pocos. Pero animo a quien sienta curiosidad sobre el universo de Valerian a leerlos, con la convicción personal de que no podrán resistirse a conocer el resto de sus aventuras. Las “de verdad”. Las que hicieron que un crío que pasaba horas en la biblioteca se acabara convirtiendo en escritor.

 

-CINE- Atómica: La guerra fría, más bien tibia.

Por R. G. Wittener

Atómica se ha presentado en los cines bajo las credenciales de adaptar una de las novelas gráficas mejor valoradas de los últimos tiempos, La ciudad más fría, y cómo vehículo de lucimiento de las dotes combativas de Charlize Theron. Una película en la corriente de agentes secretos “a lo Bourne”, situada en el Berlín de los días previos a la caída del Muro.

Lamentablemente, mi opinión tras ver la cinta no es muy favorable. Y me duele que sea así, por dos razones: la primera, que soy un devoto espectador de este género desde que vi Nunca digas nunca jamás en mi pre-adolescencia. He visto todos los Bonds, de Connery a Craig; las andanzas de Bourne; las Misiones Imposibles de Ethan Hawk; hasta los Jack Reacher. Y todos los he disfrutado, en mayor o menor medida, recuperando ese sueño infantil de ser el héroe que sale indemne a cualquier peligro que le pongan por delante sus enemigos. Soy, con muy pocas dudas, el público objetivo de estas películas. Y lograr que salga del cine desencantado no puede ser buena señal.

El segundo motivo para lamentarme es que, tras Colombiana, creo que se puede decir que el género ha vuelto a defraudarme con una de sus “grandes apuestas” (Salt, por muy fan que sea de Angelina Jolie, ni siquiera la considero en esta categoría). Y que, por desgracia, el traspiés coincide de nuevo con el hecho de poner a un personaje femenino a la cabeza del reparto. Lo que me hace meditar si, cada vez que surge una película con estas características, no me estaré obsesionando con la ilusión de que el resultado me ofrezca la esperanza de verla convertida en una saga…

Respecto a la fidelidad de la adaptación, debo decir que no he leído La ciudad más fría; así que no puedo hacer una comparación de primera mano. Pero las reseñas que he encontrado hablan de un tono muy diferente: una historia más deudora de LeCarré que de Fleming, y una Lorraine Broughton cuya encarnación sería Sigourney Weaver antes que Theron. Unos cambios que, teniendo tras las cámaras a uno de los directores de John Wick, quizás eran de esperar (aunque ignoro si estarían previstos desde el mismo origen del proyecto). En cualquier caso, esos comentarios me han despertado la suficiente curiosidad como para querer conocer la versión original y contrastar las experiencias.

Y, a todo esto… ¿qué me ha defraudado tanto en Atómica? Pues la primera mitad, casi por entero. El planteamiento de la trama y la caracterización de personajes me resultaron flojos, cuando no estereotipados, o propios de un primerizo. No creo que exista peor forma de presentar a una super espía que hacer decir al jefe del servicio de inteligencia «Según su expediente, está usted muy capacitada para la misión…»; sobre todo, si lo haces después de haber mostrado al personaje recuperándose de una monumental pelea. Y lo peor no es eso, si no la forma en que van y vienen ciertos secundarios, cuyas motivaciones y/o fidelidades deberían interesarnos y acaban por no importarnos porque el director los trata como atrezzo (mientras que, lo reconozco, el personaje de Theron es estupendo: ese vaso de vodka siempre en la mano, esas miradas de estar de vuelta de todo…). Pero, en una trama de agentes dobles que afecta desde el KGB a la Inteligencia Francesa, no es lógico que asistamos a un pim-pam-pum de viajes entre Berlín Este y Berlín Oeste, sin que se logre crear misterio respecto a quien será el traidor, y a una escena de amor lésbico cuya única justificación parece ser aprovechar los desnudos de Theron y Sofía Boutella.

Y ahí radica la mayor de mis quejas. En su escasa capacidad para crear dudas respecto a quién es bueno y quién es malo. Desde el mismo inicio ya vemos a un “aliado” de Broughton que demuestra no ser trigo limpio y con cada decisión que toma no hace si no obstaculizar la investigación. De hecho, nos revelan sus oscuros intereses hacia la mitad de la cinta. Y aún así, los guionistas obligan a la protagonista a mostrarse mucho menos perspicaz y expeditiva de lo que cabría pensar (y de lo que ha sido) ante un posible traidor. Insisto. En una película cuya baza principal del argumento sería jugar al misterio con el bando al que realmente se debe cada personaje.

La segunda mitad, eso sí, más enfocada a la acción, hace remontar la cinta hasta un aprobado a base de un espectacular despliegue de artes marciales mixtas (dejándonos claro que no queremos vernos involucrados en una pelea callejera con Theron). Y aún así le encuentro varios peros. El más importante, un fundido en negro en un momento en el que esperas una escapada digna de Bourne o Ethan Hawk, que me hizo descubrir lo que puede ser un “coitus interruptus” en una escena de acción. Por otro lado, la escasa tenacidad de los bandos rivales tampoco es que ayuden a proporcionarles un poco de carisma. Y esa representación de Berlín Este como una ciudad “rebelde a pesar de todo”, llena de punks, fans del break-dance y de suciedad, choca con la imagen que hemos visto hasta ahora.

Así pues, debo decir que esta Atómica me ha dejado con mal sabor de boca. Insisto, sobre todo por el hecho de que me parece que es otra oportunidad perdida para ofrecer una protagonista capaz de codearse de tú a tú con los Bond o los Reacher (porque, por más que Charlize de el tipo, no creo que los resultados de Atómica permitan pensar en una secuela que arregle los fallos de ésta cinta). Y, a la espera de que se concrete el rumor de una 007 femenina, no parece que nadie esté dispuesto a apostar por un proyecto sólido que coloque a una mujer luchando contra los supervillanos del espionaje mundial. ¿Quizás debería plantearse alguien la adaptación definitiva de Modesty Blaise?

-CINE- SPIDERMAN HOMECOMING: EL HOMBRE ARAÑA VUELVE A CASA

Por R. G. Wittener

No creo que me equivoque si digo que, desde que se estrenó Iron Man (2008) y, sobre todo, Los Vengadores (2012), la inmensa mayoría de fans del Universo Marvel comenzaron a soñar con ver a todos sus personajes reunidos en la gran pantalla, después de décadas penando como franquicias fallidas en diferentes estudios. No en vano, este nuevo proyecto cinematográfico ha ido creando enormes expectativas respecto a los niveles de calidad y espectacularidad que podría ofrecer a los fieles a la “Casa de las ideas”; y, con los fiascos de esos personajes cedidos (Daredevil, Elektra, los Cuatro Fantásticos, X-Men…) frescos aún en la memoria, parecía que el retorno de los derechos y la reunificación era poco menos que cosa hecha. Craso error (como el último reboot de los Cuatro Fantásticos se encargó de demostrar… muy dolorosamente).

Es por eso que Spider-man: homecoming se ha convertido en un leve rayo de esperanza. Su aparición en Capitán América: Civil War fue ya una sorpresa que pocos creímos que pudiera repetirse, y me imagino que los beneficios derivados de esa colaboración habrán tenido mucho que ver con la “receptividad” de Sony para trabajar de nuevo con Marvel. Lo malo es que, a pesar de existir un compromiso  para volver a trabajar juntos en una secuela (y hasta una tercera película), el retorno definitivo del lanzarredes a su casa seguiría pendiente (y eso, sin contar con posibles desencuentros futuros entre ambas compañías).

¿Qué es lo que intento decir con semejante diatriba? Pues que conviene ir a disfrutar de esta versión del hombre araña, porque no sabemos qué le deparará el futuro (y el listón se ha puesto tan alto, que las comparaciones van a volverse peligrosas).

Por aquello de ir creando un poco de polémica diré que, mis películas favoritas de entre todas las versiones que se han realizado hasta la fecha, eran el Spiderman-2 de Sam Raimi y el primer Amazing Spiderman. La de Raimi, porque su Doctor Octopus me encantó (tanto la caracterización como el trato del personaje), para entonces ya nos habíamos acostumbrado a Kirsten Dunst como Mary Jane Watson y ratificamos que J.K. Simmons había nacido para el papel de J. J. Jameson. Aparte de que el humor gamberro de Raimi conjugaba a la perfección con la tradición del hombre araña. El primer Amazing, por otra parte, recuperó algunos detalles canónicos (el lanzarredes) y devolvió a Peter a su etapa post-adolescente y a los líos del instituto… a costa de invertir las reticencias de los espectadores respecto a la elegida para encarnar a su amor platónico: mientras Kirsten Dunst fue demasiado Gwen Stacy, Emma Stone siempre habría sido mejor M.J. (aunque tendrá el honor de haber interpretado una de las muertes anunciadas mejor recreadas en este género).

¿Ha superado Spider-man: homecoming a esas películas? Sí. ¿Dejarán los fans del personaje de encontrarle peros y fallos respecto a su versión “canónica”? No. Por empezar con las cosas buenas, hay que reconocer que eltono de la película está muy bien ajustado. Ese adolescente pre-púber que nos presentaron en Civil War sigue siendo aquí un muchacho sobrepasado por los poderes que ha adquirido, que intenta ser aceptado como un igual entre sus héroes (iba a hacer un paralelismo con su situación de inadaptado en el instituto, pero el “ratón de biblioteca” Parker no sufre ya el acoso de los cómics. Supongo que por evitar “normalizar” el bullying entre los niños que vayan a ver la película). A esta propuesta de “héroe por hacer” colaboran mucho el dificilmente reemplazable Robert Downey/ Tony Stark, interviniendo cuando la situación supera a su joven pupilo, y la IA del traje hipertecnológico que le regala (visto el jugo que le han sacado a Jarvis, alguien debió de pensar que estaría bien replicar la fórmula. Pero, aunque el recurso les permite saltear con diálogos simpáticos escenas en las que Spiderman debe estar solo, coincidiré con quienes lo consideren una “libertad creativa” excesiva). Por otro lado, y rematando esa idea de que el personaje está aprendiendo a ser Spiderman, tenemos varias escenas muy simpáticas en las que vemos a Peter Parker creando ese chuleta gamberro que sirvió de modelo a Deadpool.

¿Qué más puedo resaltar de la película? A Marisa Tomei como la Tia May, y los chistes a costa de su rejuvenecido aspecto, que parece van a ser un sello de esta versión. A Michael Keaton, un Buitre más que solvente y atemorizante, cuyo origen y trama se ha enlazado con la de otros enemigos tradicionales de Spiderman, en lo que sospecho puede ser un intento por recuperar la idea de hacerle combatir contra los Seis Siniestros. Aparte de que, con su integración en el Universo Marvel, podemos esperar verle como personaje invitado en casi cualquier película que ocurra en Nueva York.

Dicho todo lo anterior… ¿Qué es lo que, a mi parecer, falla en la película? Pues unas cuantas cosas. Sobre todo, ese alivio cómico adicional del amigo del instituto. Porque, al igual que la IA del traje, me parece que es una solución original (quizás demasiado original) para trasladar al cine un recurso narrativo imposible de trasladar desde el cómic al cine, y que constituye un aspecto característico del personaje: el monólogo interior. En las viñetas, Peter Parker madura muchas de sus dudas existenciales mientras patrulla enfundado en su traje de mallas. Pero, donde la IA es chocante y simpática, este amigo “nerd” de Peter me resultó, sobre todo, cargante.

Mi otro gran problema con la cinta se puede calificar, probablemente, de exigencia de fan acérrimo (algo que, por otra parte, no creo ser). Pero se trata de una rotura del cánon que me resultó demasiado caprichosa (ATENCÍON: ALERTA DE SPOILER): el cambio de nombre de M.J. Porque, sí, han creado un personaje que se comporta como podríamos esperar de esa Mary Jane rebelde e incontrolable de los cómics, siempre lista para soltar alguna frase graciosa… le han dado su nombre…. y se lo han cambiado (las iniciales siguen, su significado no). ¿Queja absurda? Quizás. Pero, como digo, después de dos horas esperando a que pronunciase esas iniciales, el cambio me pareció caprichoso en exceso (FIN DE ALERTA DE SPOILER).

Aparte de eso, no se me ocurren muchos detalles más que criticar. Me lamento, como otros, por seguir sin volver a ver ese “bullet time” que Raimi aprovechó para recrear el sentido arácnido; una solución técnica que no merecía perderse. O que la Tia May, que en los cómics siempre actuó un poco como “brújula moral” de Peter haya perdido parte de ese papel a favor de Tony Stark y ese amigo “nerd” del que he hablado. Y, sin querer extenderme mucho más, tampoco le veo sentido a que, como si el contacto con Iron Man lo hubiese impregnado todo, la identidad secreta de Peter Parker acabe poco menos que como un secreto a voces. Algo que sí va muy en contra de la naturaleza del personaje.

Y eso es todo lo que puedo decir sobre la nueva versión de Spiderman. Si acaso, repetir que es la más entretenida y divertida de las que he visto, e insistir en desearle un próspero futuro… desprovisto de reboots.