Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson

 

Por R. G. Wittener

Lo peor de los clubes de lectura es que tienden a sacarte de tu zona de confort, obligándote a leer libros cuya temática, a simple vista, no te resulta nada llamativa; pero la mejor virtud de un club de lectura es que, gracias a esas “lecturas forzosas”, acabas descubriendo a autores que podrías no haber conocido jamás. Y en mi caso, la última revelación que debo agradecer a mi club de lectura es Shirley Jackson.

Cuando te topas con un autor que te llama la atención, la reacción obvia es indagar por su obra y su carrera para saber qué otros libros te has perdido hasta ahora. Lo cual me llevó a descubrir a una de esas figuras brillantes cuya estrella se apagó muy pronto: murió antes de cumplir los cincuenta años, medicada a base de anfetaminas y barbitúricos, pero con un gran reconocimiento literario (varias veces incluida en la antología de Mejores Historias Cortas de América, ganó el premio O. Henry, además del Edgar Alan Poe de Misterio, y sus novelas fueron elegidas entre las mejores del año por el Times y el New York Times). De hecho, al pasar del tiempo ha acabado dando nombre a unos premios literarios dedicados al suspense, el terror psicológico y la fantasía oscura. Aparte de que autores como Stephen King, Neil Gaiman o Richard Matheson han reconocido tenerla como influencia en sus inicios. Por desgracia, en lo personal no puede decirse más que sufrió con resignación un matrimonio lleno de infidelidades y controlador, y que su físico le deparó buena parte de los problemas de salud que acabarían por matarla. Algo que podría estar detrás de la intensidad psicológica que, al menos Siempre hemos vivido en el castillo, muestra en sus páginas.

La novela, escrita tres años antes de su fallecimiento, está ubicada en Vermont, en un pueblo ficticio, y esto es interesante porque hay constancia histórica de que Shirley Jackson tuvo problemas para relacionarse con sus vecinos de North Bennington, un pueblecito de… sí, lo habéis adivinado, Vermont. Su narradora y protagonista es Mary Katherine (Merrycat) Blackwood, una joven de dieciocho años que vive recluida en la mansión familiar con su hermana Constance (que ya roza la treintena) y su tío Julian (inválido y en un avanzado estado de senectud). Los tres, y muy en concreto Constance y el tío Julián, sometidos a un régimen de clausura desde que una inesperada tragedia golpease a la familia Blackwood seis años antes. Un evento que acabó por exacerbar resentimientos previos entre los habitantes de la mansión y los vecinos del pueblo.

¿Qué es lo que hace tan interesante la novela? Pues en primer lugar el universo mágico y contradictorio de Mary Katherine, a quien Carol Joyce Oates califica en su análisis de la obra de paranoica y yo me atrevería a decir que bordea la sociopatía. Los monólogos internos, en los que nos hace partícipes de sus comportamientos obsesivos o de sus ensoñaciones fantásticas, están dotados de una lírica muy hermosa y muestran a alguien con una gran sensibilidad; y aún así nos pasamos toda la novela decidiendo si Mary Kate debe gustarnos o es lógico odiarla, porque los personajes que se cuelan en su limitado universo (vecinos, familiares lejanos, curiosos…) demuestran muy pronto estar en la zona gris del espectro moral. De modo que el abierto desprecio que se profesan unos y otros no es sino la prueba palpable de lo enconado que se ha vuelto su conflicto en un “ecosistema social” tan pequeño y cerrado. Pero aún hay algo más: el misterio que rodea a la noche en que la desgracia se cebó con los Blackwood. En una serie de escenas, que llegan a estar cargadas de no poco humor negro, se nos van desvelando detalles sobre lo que ocurrió y qué papel jugó cada uno de los habitantes del “castillo”. Una trama que se añade a ese juego de amor/odio que nos plantea Jackson respecto a sus personajes.

En cuanto a la técnica literaria de Jackson, que me disculpen los entendidos si me atrevo a buscarle influjos Kafkianos, pero la historia de ese grupo de personas apartadas del mundo, repudiadas por todos, que viven bajo el recuerdo de un hecho infausto y rodeadas por el variopinto legado de las generaciones Blackwood pasadas, mezcla algo de la condena autoimpuesta y el miedo a salir de su escondite de Gregor Samsa. Si a eso le añadimos que su primera novela, La lotería, plantea un caso de chivo expiatorio que puede recordar a El proceso, no parece tan descabellado apuntar esas similitudes. Por otro lado, tenemos el extraordinario trabajo de crear a un personaje que hace las veces de narrador… desde el punto de vista de alguien que, como ya he dicho, muestra comportamientos paranoicos, trastornos obsesivos y un toque de sociopatía, de modo que los lectores vemos al resto de personajes a través de ese tamiz; amén de ser partícipes de las muchas manías y supersticiones que dominan su vida. Todo lo cual se concreta en un brillante ejercicio literario.

Por todo lo explicado con anterioridad solo puedo acabar este artículo recomendando Siempre hemos vivido en el castillo. A los lectores, porque la obra de Shirley Jackson de seguro les va a sorprender; a los aspirantes a escritores, porque su técnica les va a permitir aprender a crear narradores inusuales y a trabajar los perfiles psicológicos mediante los diálogos. Y ya puestos, pueden empezar a buscar las novelas que han ganado el premio Shirley Jackson durante los últimos diez años y decidir si han conseguido igualar su calidad.

Avatares de un escarabajo pelotero, de Sergio Gaut vel Hartman

Buenos días, mis queridos Lectores Ausentes.

Hoy venimos con una obra difícil de clasificar, debido a su propia naturaleza experimental, onírica y absurda.  Avatares de un escarabajo pelotero, de Sergio Gaut vel Hartman.

Tienes en tus manos una de las posibles segundas partes de La metamorfosis de un tal Franz Kafka. Escrita, esta única vez, por el gran Sergio Gaut vel Hartman, destila un humor descacharrante y afilado que hace saltar por los aires todas las convenciones sobre la percepción.En un bar de Praga o tal vez Londres, el autor no lo sabe, se encuentran atrapados en cierta asfixiante realidad Gregor Samsa, Franz Kafka, Groucho y Karl Marx… aunque bien podría ser en Buenos Aires, Castellón o Setagaya, cerca de Tokio. La radical manera de escapar señala como los límites de la existencia son tantas veces impuestos por nosotros mismos. ¿La realidad es una convención social, plana y sosa? Al carajo con ella.

Estamos ante una novela corta en la que el autor toma como excusa  ese encuentro imposible entre creador y creación, entre padre irresponsable e hijo abandonado a su suerte, entre lo nuevo, lo viejo y lo desconocido, en una charla metafísica donde se abandera el absurdo para filosofar sobre lo humano y  lo divino, los límites de la realidad y los márgenes entre los que se produce el proceso creativo. Un encuentro  que tiene de improbables testigos a otros ilustres y conocidos personajes que no dudan aportan su peculiar punto de vista, enredando más si cabe la ya disparatada situación en la que nuestro protagonista se halla.

Una tragicomedia en la que el humor se mantiene siempre en alza gracias a lo extravagante, a lo absurdo de todo. Sin caer en lo grotesco y bordeando con estilo esa línea difusa que delimita con el esperpento. Esto es surrealismo en estado puro. Experimentación y estilismo. Metaliteratura.  Solo le ha faltado cruzar la cuarta pared, aunque en cierto modo y de forma indirecta, lo hace. Exploración de la naturaleza del arte, la vida y nuestra percepción de la realidad y aquello que consideramos como tal. Delirio y talento. Una broma que no es tal, aunque lo parezca.

Por mucho que insista, no lograré siquiera a acercarme a lo que uno encuentra  entre sus páginas. Es el propio lector quien tiene que vivir la experiencia y comprobar por sí mismo si comulga o no, si acepta el juego. Una apuesta arriesgada por parte del autor, ya que advierto de antemano que no todo el mundo sabrá encontrarle el punto.

Solo se me ocurre definir esta pequeña obra como una marcianada de tres pares y cargada de intencionalidad, que deja un muy buen sabor de boca, pese a la sensación de coitus interruptus final, de lo breve que resulta y el cierre tan “anda y vete a cagar´´ que supone el desenlace…

 

Avatares de un escarabajo pelotero

Sergio Gaut vel Hartman

Editorial: La máquina que hace Ping!

Páginas: 128 pág.

ISBN: 978-84-946656-1-5

http://lamaquinaquehaceping.com/producto/3546/