El devorador de libros, de Pepa Mayo

Por Soraya Murillo

En estos desgraciados tiempos en que lo único que interesa a la mayoría de los jóvenes es el guasap o el youtube, despertar el interés por los clásicos de la literatura es harto imposible, así que el esfuerzo que realiza nuestra autora es muy loable: conseguir que libros de toda la vida, que se dan por conocidos, a los que nadie les hace ya caso, sean devueltos a su esplendor y explicados a los nuevos lectores , abriéndonos la mente a nuevas ideas, a nuevos mundos.

Para aquéllos que todavía sentimos la lectura como un descubrimiento, como cuando éramos niños y nos abríamos a un mundo desconocido, este libro nos traerá los recuerdos de nuestros comienzos. A los lectores los trasladará a la primera exposición Universal celebrada en Londres, a mediados del siglo XIX. En la época donde se iluminaban las casas con velas o lámparas de aceite, dejando rincones oscuros con sombras tenebrosas. George, de trece años, y su amiga Brianna, de quince, conocen de forma casi mágica en una visita a la Exposición, a un misterioso personaje llamado “El devorador de libros“.

George es un joven al que le encanta la lectura y construir complejos artilugios mecánicos como su bici Macmillan y el artefacto comunicador, entre otros muchos. Brianna, en cambio, parece una damisela siempre asustadiza, pero a la que le encantan las aventuras.

Jadé, así se llama el extraño personaje conocido como “El devorador de libros”, les hará entrega de un libro donde deberán seguir un juego de pistas que les llevarán a diferentes piezas de algo que deberán construir. Pero en su búsqueda un hombre con un ojo tapado, estará pendiente de sus pasos…

A mí me parece un libro ideal para leerle cada noche un capitulo a vuestros hijos. Estoy segura de que les encantará saber de un circo con el increíble Hombre Gigante. De una maravillosa librería regentada por una bruja, en la que hay miles de libros rodeados de árboles y de los cuales cuelgan hermosos farolillos, acompañados de hadas, duendes y brujas. Visitarán un cementerio, un sótano oscuro y tenebroso, o incluso viajarán al fondo del río Támesis

En el relato, la autora usa lo justo y necesario para llegar a su objetivo, que es el descubrimiento de unos libros clásicos como son Frankenstein, Los viajes de Guilliver, Oliver Twist, La casa de los siete tejados, Barba azul, El traje del nuevo emperador y Manuscrito hallado en una botella. De todos ellos leeremos un trozo para conocer la obra, cosa que me pareció fantástica para que los más jóvenes se interesen por esos libros. Tiene una forma de narrar peculiar, pues lo que escribe está orientado a transmitir su pasión por la lectura a su publico.

Hermosas ilustraciones de Gervasio Cabrera acompañan la lectura, dejando imágenes de lo que vivieron en ese momento nuestros personajes.

Una historia llena de libros, de acertijos, de humeantes tazas de té. Y esa niebla londinense haciendo presencia en los momentos de más tensión, llevara a vuestros hijos y a vosotros mismos a soñar en un mundo de aventuras, donde lo mundano quedara de lado y vuestra imaginación os llevara lejos de la rutina diaria, surcando los cielos con la máquina voladora o mirando con asombro un Kraken

Pepa lo envolvió todo de una gran imaginación con un final alegre y divertido, no queriendo en ningún momento contar nada triste , tal vez porque el mundo real ya está suficientemente alicaído. Intentó y logró que la aventura y la alegría fueran lo que iluminase toda la historia.

https://apachelibros.com/inicio/64-el-devorador-de-libros.html

 

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Última etapa: Los MAESTROS siguen vigentes, cuarenta años después.

Por R. G. Wittener

Resulta muy curiosa la manera en que el destino hace que ciertos elementos acaben cruzándose en tu vida. Y, sí, eso significa que creo en que las casualidades ocurren. Pero es que resulta muy difícil no hacerlo, cuando te ocurren cosas como la compra del ejemplar de este libro. Porque llegó a mis manos en una compra de una librería “de viejo”, y yo no soy un gran cliente de las librerías de segunda mano. Ni siquiera un cliente asiduo. He visitado alguna, haciendo tiempo mientras esperaba a que llegase el amigo con el que había quedado, y he hecho uso de sus servicios para regalar algún libro que ya no se podía conseguir de otra manera; pero ese es el escaso bagaje de mi experiencia con estos comercios. En comparación con ciertas amistades, casi no soy ni un novato. Claro que, si no me preocupase el espacio que iban a a acabar ocupando en mi casa, quizás dejaría sueltas las riendas a mi curiosidad lectora y atacaría sus estanterías con más fervor. El hecho es que, durante la última HispaCon, y aprovechando el tiempo libre que me había quedado entre una charla y otra, me fui paseando por los puestos de las distintas editoriales y librerías. Con más intención de mirar y apuntar títulos con vistas a un futuro que con la idea de comprar, por miedo a volverme a casa con el doble de peso en la maleta. El caso es que uno de ellos, una librería de segunda mano, tenían bastante rebajados los precios. Y reconocí las portadas de varios libros de ciencia-ficción y fantasía, por los ejemplares que había leído en la biblioteca del barrio cuando era un adolescente y podía dedicarle toda la tarde a la lectura. Así que empecé a curiosear y a pensar en la cantidad de textos “clásicos” del género que aún tengo en el debe de lectura, y mi habitual renuencia a saturar la biblioteca de mi casa se relajó por un instante. Y, pensando en que lo mejor era jugar sobre seguro, escogí un par de libros cuyos autores estaban más que reconocidos. Pero ni por asomo se me podía ocurrir que iba a dar con semejante tesoro al elegir este ejemplar, de entre todos los libros que descansaban allí sus añosas portadas.

¿Por qué digo que este libro es un tesoro? Pues porque Última Etapa es una antología cuyo formato, si nadie se ha atrevido a imitarlo, debería de recuperarse ya. Ahora mismo. Aunque, si se publicase una antología a imitación de ésta, me pregunto si repitirían las temáticas. ¿Eliminarían alguna para introducir otras? ¿Harían la lista más extensa? ¿Son las predicciones sobre el cambio climático un tema con entidad propia, o seguiría dentro de la categoría del fin del mundo? Me gustaría verlo, desde luego. Y estoy seguro de que hay autores más que capacitados para compararse con los maestros de sus páginas, y presentar propuestas igual de válidas (Orson Scott Card, William Gibson, Úrsula K Leguin, Tim Powers, Greg Egan…). No solo por la calidad de sus textos, si no por las reflexiones finales que cada uno de sus autores expresaron respecto al tema que se les propuso, y las obras que ellos mismos recomendaron para quien tuviera interés. Cualquier aficionado a la ciencia-ficción que comprase este libro a mediados de los setenta, es probable que acabase leyendo veinte o cuarenta novelas y relatos de los mencionados en esa sección. E incluso a día de hoy es una guía más que válida para introducir a alguien en la época clásica del género.

Y ya, sin más preámbulos, paso a comentar los relatos que conforman la antología.

 

-Compramos gente, de Frederik Pohl.

Con la premisa de hablar sobre el Primer Contacto, Pohl desarrolló un relato muy crudo del que nadie querría ser protagonista. Y, salvo por el hecho de que su historia se fundamenta en la disponibilidad de la tecnología del “ansible”, lo que nos propone resulta terroríficamente plausible. Primero, porque las distancias que nos separan de otras civilizaciones avanzadas serán, con toda seguridad, astronómicas en un sentido muy literal; y las condiciones medioambientales en las que vivan tan diferentes, que nunca sería posible un “cara a cara”. Y en segundo lugar, porque creo que la naturaleza humana sería capaz de aceptar las condiciones de esa “compra de personas”, ya que está planteada muy bien para jugar con el conflicto interno entre valores morales y beneficios económicos. De hecho, el relato Space Traders, de Derrick Bell (convertido en guión para un episodio de una serie de ciencia-ficción negra, llamada Cosmic Slop, emitido por la HBO) sospecho que le debe bastante al relato de Pohl.

-Los exploradores del voor, de Poul Anderson.

Cuarenta años después, su propuesta puede seguir teniéndose en consideración como una opción válida a los problemas de su temática: la exploración del espacio. El principio tecnológico del relato, por desgracia, sigue siendo una utopía; pues aún no somos capaces de transferir el contenido de un cerebro humano a un procesador informático, y mucho menos lograr que la clonación física vaya pareja a una imitación de la personalidad del individuo inicial. En cualquier caso el relato, moviéndose entre lo romántico y lo dramático, elucubra con solvencia sobre qué sería de unos seres sentientes “obligados” a una eternidad de autoconsciencia sin todo aquello que los definía. Y plantea una interesante dilema sobre la forma de colonizar exoplanetas.

-Grandes giras de evasión, de Kit Reed.

Ante una temática como la inmortalidad, la autora planteó un remedo de solución, un tanto naïf, al dilema de la vejez. Y aunque su idea podría ser del agrado de muchos, no resultaría práctico (si bien soslaya el problema de la superpoblación de una humanidad inmortal). Al tener como protagonistas a un grupo de ancianos, y sobrevolar alrededor de ellos el sueño de recuperar la juventud, no pude evitar que me recordaran a la película Cocoon (y, de hecho, algún personaje me resultó bastante familiar); pero, a pesar de haber calificado su propuesta como inocente, el trasfondo del relato no deja de ser terrible: el deterioro de la edad, y el desesperado anhelo de conseguir lo que les ha vedado su clase social (porque aquí, como sería de esperar en la vida real, la inmortalidad está solo al alcance de quien puede pagarla).

-Esquemas para tres narraciones enigmáticas, de Brian W. Aldiss.

Inclasificable. Un ejercicio literario que ignoro si alguien había probado antes, o si se han atrevido a imitar después. La temática (el espacio interior), le sirve para explorar la consciencia propia de un modo muy poco ortodoxo. Porque, en ese contexto, creo que la propuesta de Aldiss no puede ser más genial. Como escritor, no se me ocurre mejor manera de describir la manera en que trabaja mi mente, que a través de la sinópsis “improvisada” de un relato; o de tres, como es el caso. Una lectura un tanto lisérgica ante la que nadie puede quedar impasible.

-¿Qué es el hombre?, de Isaac Asimov.

Usando la misma fórmula que lo convirtió en un clásico de la edad de oro de la ciencia-ficción, Asimov se despacha con una vuelta de tuerca irreversible contra los conceptos de su universo literario. Parece lógico que los responsables de la antología pensasen en él para hablar sobre robots y androides… Y eso es lo que hace aún más curioso que, el mayor exponente de la literatura de robots, aprovechase la oportunidad  para escribir su “último relato” sobre el tema; describiendo el discurso lógico que podría llevar a una IA autoconsciente a quebrar sus Tres Leyes de la Robótica. Ese ir en contra de su legado es lo más reseñable de una historia que, como suele ser costumbre en el maestro Asimov, no deslumbra con su prosa.

-Nosotros tres, de Dean R. Koontz.

Para cualquier lector familiarizado con el terror, la presencia de Koontz entre los autores anteriores le habrá resultado tan intrigante (supongo) como a mí, ya que nunca lo he relacionado con la ciencia-ficción. Aunque, desde luego, la temática que le ofrecieron (los niños extraños), suele tender a desviarse hacia lo oscuro y demostrar que la especulación científica no siempre es halagüeña (como el propio Koontz recuerda, al mencionar Más que humano entre las obras sobre la futura evolución de nuestra especie). Y aunque el concepto fundamental de su relato se puede catalogar de “ciencia-ficción blanda”, no tarda en sumergirse en las tenebrosas aguas del terror, con tres niños dignos de asustar a El pueblo de los malditos.

-Ratas espaciales del CCC, de Harry Harrison.

Al igual que Asimov, Harrison colabora en ésta antología con un relato que juega a ser “el último”. Con poco más que tres personajes, y un montón de estereotipos de la opereta espacial (armas desintegradoras, naves espaciales más rápidas que la luz, tecnología imposible…) articula una historia disparatada. Una parodia caústica que busca el corazón del género… para arrancárselo y pisarlo delante de nuestras narices. Aunque, quizás más interesante que el propio relato sea la reflexión final que la acompaña. Pues en ella postulaba Harrison que la space-opera era un género sin futuro y al que se debía enterrar a la mayor brevedad posible, pues ya había dado todo lo que podía ofrecer al desarrollo de la ciencia-ficción. Una condena que podía parecer irrefutable en 1975, cuando se publicó el libro… Y sobre la cual querría saber si meditó dos años después, con la entrada en escena de Star Wars.

-Viajes, de Robert Silverberg.

Todos somos hijos de nuestra época, y eso hace que muchas veces la sensación de familiaridad con un texto fluya en el orden inverso al que debería. Ese es el caso de esta historia de Silverberg, ya que todas las similitudes que pueda encontrar se basarán en obras posteriores a su relato, con casi total seguridad. Para empezar, su planteamiento de universos paralelos me recordó un poco a La tierra larga (salvando todas las distancias en sus fundamentos). Y, como aficionado a las ucronías, debo decir que admiro el trabajo de condensación de ideas que llevó a cabo con este relato. Solo en esas páginas hay bastante material con el que inspirarse para escribir una docena de novelas (aunque, como es de esperar, se dejase llevar por algunos de los tópicos de ese género). Y todo ello con la idea del viaje físico trasplantado al viaje entre universos: el impulso del retorno al hogar que anida incluso en los espíritus más vagabundos.

-El maravilloso y polivalente transmógrafo, de Barry N. Malzberg.

Mientras leía este relato, no dejaba de pensar en qué posibilidad había de que hubiese influído a Philip K. Dick parte de su ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?. Pero luego, revisando la cronología, descubrí que el Órgano de ánimos de Penfield podría ser anterior. En cualquier caso, el temor a que la humanidad pierda el contacto con la realidad (o decida evadirse por completo de un mundo que no le resulta soportable), parece que fue la previsión más evidente para ambos autores. El tema de la máquina incontrolable, en ese aspecto, sigue siendo igual de tenebroso, con la televisión como máximo exponente, incluso sin una revolución en la realidad virtual.

-El humo de su cuerpo se elevó para siempre, de James Tiptree Jr.

Este es el relato que más me chocó de la antología. Quizás porque se vale de un lenguaje “sucio”, que no tengo vinculado con los autores de esa época. Y, además, el narrador deja escapar ciertos toques de obsesión enfermiza que te hacen sospechar del  protagonista. Prefiero pensar que, como justificación de su historia, Tiptree escarba en las partes menos agradables de la naturaleza humana para poder dejarnos con ese sabor amargo al final de la narración; ya que, al fin y al cabo, cuando a alguien le plantean hablar sobre lo que puede quedar después del holocausto, no debe de ser fácil imaginarse un cuadro bucólico. Su reflexión final también es bastante interesante, al especular sobre las razones para el rechazo de los lectores hacia las distopías, y porque reconoce haberse inspirado en algunas ideas de un antiguo parapsicólogo para plantear el relato.

-Algo para nosotros, temponautas, de Philip K. Dick.

Supongo que, si algo define la base de la ciencia-ficción, es la idea de “ir más allá”. Por eso, muchos de sus temas son “el viaje”. Y además de otros mundos y los universos invisibles, el viaje en el tiempo es un clásico desde los inicios del género. Pero cuando el tema se deja en manos de Dick, resulta sencillo saber que no vamos a circular por una trama al uso. Así que aquí nos encontramos con la historia de unos viajeros del tiempo, narrada en clave similar a las misiones de la NASA en la época de la carrera espacial, con un desastre, y unos personajes que se han visto arrastrados a una trampa temporal que hasta el último momento no se revela en toda su crudeza. Un ejemplo de cómo ese espíritu optimista de la edad de oro de la ciencia-ficción se había desvanecido por completo a mediados de los setenta.

Es todo lo que puedo contar, salvo animaros a buscar un ejemplar en alguna biblioteca y comenzar a disfrutar de su lectura. Y, por supuesto, que os atreváis a desafiar a la casualidad, entrando en la librería de segunda mano más cercana.