Westworld. Haga sus sueños realidad sin remordimientos.

Por R. G. Wittener

En 1973, Michel Crichton dirigió y firmó el guión de un clásico de la Serie B de Ciencia Ficción: Westworld, traducida al español como Almas de metal. Siguiendo la misma receta que le permitió triunfar con sus novelas, Crichton planteaba la posibilidad de un invento científico revolucionario y, partiendo de ahí, imaginó un desastre catastrófico. En el caso de Westworld se enfocó en las inteligencias artificiales y asustó a sus espectadores con el peligro de desarrollar androides humanoides que pudieran descontrolarse. Personalmente, no llegué a ver la película hasta hace unos pocos años, y la impresión que me dio es que tenía una propuesta interesante pero un desarrollo de lo más simplista.

En 2013, Jerry Weintraub recuperó la idea de Crichton y, con la colaboración de Jonathan Nolan y Lisa Joy, consiguió exprimir su trama, en el amplio sentido de la palabra, creando una serie de televisión que emitió HBO en 2016. Una idea que los aficionados a la ciencia ficción y los dilemas con las IAs nunca podremos agradecerle lo suficiente (y que algunos, como yo, lamentaremos haber tardado tanto en disfrutar). Las casi diez horas de la primera temporada (con una segunda a punto de estrenarse) son una delicia. De nuevo se nos presenta un parque de atracciones de última generación, en el que los visitantes pueden disfrutar de una gigantesca recreación del Salvaje Oeste, poblado por androides que imitan a la perfección a los típicos personajes del Far-west (e incluso a su fauna). Sin embargo, mientras que Crichton derivó hacia una historia de terror pseudocientífico con los androides convertidos en monstruos, la nueva Westworld cambia por completo ese planteamiento y nos hace experimentar la terrible realidad de los androides: seres que no solo son capaces de sentir, si no que han sido provistos de una historia personal, unos recuerdos de un pasado inexistente y unos vínculos sentimentales ficticios que les hacen creer que son personas. Y en el mismo primer episodio ya se nos da una visión muy aproximada de lo que es vivir en un bucle sin fin, obligados por la “línea narrativa” del parque a interpretar a un cierto personaje, y llevar a cabo las mismas acciones una y otra vez, día tras día. Pero, sobre todo, sometidos a cualquier deseo que puedan imaginar los visitantes humanos, ya que su única función es hacer realidad los sueños de esas personas, por más oscuros y retorcidos que sean. En este cambio de perspectiva, el terrorífico Hombre de negro que encarnase Yul Briner tiene también su contrapartida actual de la mano de Ed Harris. Solo que el monstruo, esta vez, no es un androide.

El debate transhumanista discurre por unas sendas similares a las de la serie Humans (adaptación de la sueca Real Humans, por cierto). ¿Hasta qué punto acabamos degradando nuestra propia humanidad, si somos capaces de desconectar nuestra empatía frente a seres que, por más artificiales que sean, están vivos? Después de dar rienda suelta a nuestros más bajos instintos contra una cosa que es igual que cualquier humano, ¿quién no temería que eso acabase por liberar el apetito por una víctima “más real”? En la serie, los visitantes recurrentes son adictos a la sensación de no estar sujetos por ataduras morales; de poder llevar a cabo las atrocidades que nunca se atreverían a cometer en el mundo real, porque en Westworld no deben correr con las consecuencias. Y se da a entender que sus retornos se deben a que “solo allí” se atreven a liberar a sus demonios. Pero yo me permito dudar de que, una vez abierta la caja de Pandora, fuera a ser tan sencillo no dejarse llevar por la tentación.

La serie explora también el campo del conflicto moral que deberían enfrentar los creadores de unos seres cuyas IAs los hacen casi humanos por entero. En la serie tenemos a Anthony Hopkins como Robert Ford, el creador que actúa desde la perspectiva de un dios y se niega a ver a los androides más que como simulacros muy sofisticados de personas reales (con un nivel de interpretación que llega a recordar a Hannibal Lecter). Pero, a medida que transcurren los episodios, descubrimos que hubo otro científico implicado en el desarrollo de las IAs, y que su postura era diametralmente opuesta a la de Ford. Que para este hombre todos los rasgos humanos de los androides les convertía, en definitiva, en seres humanos, y como tales debía impedirse la explotación a la que iban a ser sometidos. Una disparidad de opiniones que no terminó con la muerte del segundo progenitor, pues en la arquitectura de los cerebros cibernéticos quedaron incrustados unos procesos que les animan a escapar de la trampa en la que encerraron sus mentes. Y es que de hecho la manipulación que sufren es de tal envergadura que, a pesar de que se les borre la memoria al final de cada bucle, no pueden evitar conservar pequeños fragmentos de lo que han vivido. Recuerdos que vuelven a su memoria durante su tiempo de “sueño”, haciendo que revivan como pesadillas todo aquello que les han hecho sufrir los visitantes. Amén de tener flashes sobre las distintas vidas que han inventado para ellos los guionistas del parque a lo largo de los años. Ecos de unos sentimientos que definieron lo que eran, hasta que alguien decidió cambiar por completo su existencia. Y pocas cosas hay tan horribles como descubrir que toda tu vida y todo lo que sabes sobre ti es mentira.

Argumentalmente, la primera temporada se vertebra en torno a las tramas de dos personajes femeninos (las androides Dolores y Maeve), y dos personajes masculinos (el Hombre de negro, y Robert, el co-creador de las IAs). Todos atrapados en Westworld, bien de forma voluntaria u obligada, mientras intentan encontrarle un sentido a sus vidas (o, en el caso de Ford, agarrándose a la única vida que tiene sentido para él: controlar el destino de sus criaturas). Enredados sin poder evitarlo en esa dinámica de eternos bucles que define el parque y que nos acaba dirigiendo hacia un final en el que acaban colisionando las ansias comerciales de quienes dirigen el parque con los propios deseos de estos personajes. Un final apoteósico, después del cual a mi se me ocurre que la segunda temporada podría tener un cierto regusto a Retorno a Parque Jurásico. En cualquier caso, resulta imposible comentar más al respecto sin fastidiar a todos aquellos que aún no hayan visto la serie. Tan solo puedo animaros a que, en cuanto acabéis de leer éstas líneas, os preparéis para disfrutar y darle muchas cosas con las que pensar a vuestro cerebro.

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-CINE- Transformers 5: El Último Caballero

 Por Karol  Scandiu

Supongo que todos somos niños. O nunca dejamos de serlo, aunque muy en el fondo.
Y yo, niña que no ha perdido la pasión por sus gustos más enraizados, no puedo evitar, lo primero, disfrutar de ver en la gran pantalla películas y series que me traigan toda la magia que tanto me gusta, y lo segundo, desear que sigan haciendo cine de estos, dedicados al disfrute, al emocionarse, al que se te ponga la piel de gallina cuando suenan truenos, golpes, pisadas de seres gigantescos, o la voz del protagonista por el que llevas dos horas mordiéndote las uñas.

La Saga Trasnformers es lo que logra: me lleva de regreso a mi infancia, al sentarse a disfrutar sin importarme nada más que la acción que se desarrolla ante mis ojos cual espectáculo de fuegos artificiales.
La nueva entrega, Transformers 5: El Último Caballero, se ha convertido para mí en la mejor hasta el momento, y digo hasta el momento porque queda claro que “ahí” no se quedará la cosa. También es cierto que la disfruté junto a mis hijos durante el pre-estreno (AutoCine Madrid, podéis leer la crítica del evento AQUÍ), con lo cual la experiencia fue el doble de grata, aunque eso no quita el mérito a la cinta, ni mucho menos.

Dirigida por Michael Bay con guión de Ehren Krueger, cuenta, entre otros, con su ya conocido protagonista interpretado por Mark Wahlberg (uno de mis actores favoritos), y participaciones tan especial y estelares como la del mismísimo Anthony Hopkins.
La historia nos presenta un futuro en el cual la humanidad, guiada por el ejército (algunos de los protagonistas y antagonistas conocidos en sus antecesoras) considera a todos los Transformers sus enemigos; ya sean de un bando o del otro, no existen alianzas, ellos destruyeron la Tierra y son cazados (si ya no están atrapados), los pocos que quedan se refugian como bien pueden, y para más inri Maximus Prime se encuentra en paradero desconocido.
Ahí arranca la aventura, una que no dejará a los fans de la saga decepcionados pues, si creéis haber visto (y oído) a suficientes Autobots, no se compara a las escenas que se presentan en esta nueva parte, en la cual además de los consabidos cambia-formas, se suman los nuevos (y con nuevos hablamos incluso de algunos que crecen según se desarrolla la trama), e incluso Autobots prehistóricos.

Si bien es cierto que, en algunos puntos, la película deja cosas qué desear, por ejemplo, la trama principal aunque explicada podría haber dado más de sí (en lo referente a los Caballeros) haciéndose algo confusa al principio (para los más peques sobre todo, ya que acompañada de dos de ellos, tuve que explicarles un par de detalles que no entendían), las casi tres horas de cinta pasan en un suspiro cargado de adrenalina y escenas épicas, con efectos visuales increíbles. Sin embargo, como decía, “peca” de algunos detalles que como viene siendo de costumbre en el cine de hace un tiempo (a mi parecer) nos quieren meter sí o también por los ojos, como “una historia de amor” que no resulta demasiado creíble, para la cual, al igual que pasa con todo el tema histórico, necesitaría al menos dos horas más de película para ser del todo verosímil. Un detalle tan importante como lo es “el último caballero” en sí, pasa algo solapado tras otras no tan necesarias.

La historia, aunque con un final, deja muy claro que las aventuras no terminaron ni mucho menos, pues, detalle que ocurre también en las anteriores entregas de la Saga Transformers, cuando vencen una batalla no están ni cerca de ganar la guerra.

No me ha parecido en ningún momento una continuación innecesaria, es más, el final de la anterior daba pie a que así fuera, que tuviera una nueva parte, y con esta nos deja con ganas de saber qué nos traerán en una siguiente entrega que, espero, no tarde mucho en llegar.

Como os decía al principio, todos en el fondo somos niños. O, en su defecto, tenemos un niño dentro que está deseado de salir llegado el momento. Y yo estoy deseando volver otra vez a esa infancia que, en ocasiones, se hace tan lejana.