Westworld. Haga sus sueños realidad sin remordimientos.

Por R. G. Wittener

En 1973, Michel Crichton dirigió y firmó el guión de un clásico de la Serie B de Ciencia Ficción: Westworld, traducida al español como Almas de metal. Siguiendo la misma receta que le permitió triunfar con sus novelas, Crichton planteaba la posibilidad de un invento científico revolucionario y, partiendo de ahí, imaginó un desastre catastrófico. En el caso de Westworld se enfocó en las inteligencias artificiales y asustó a sus espectadores con el peligro de desarrollar androides humanoides que pudieran descontrolarse. Personalmente, no llegué a ver la película hasta hace unos pocos años, y la impresión que me dio es que tenía una propuesta interesante pero un desarrollo de lo más simplista.

En 2013, Jerry Weintraub recuperó la idea de Crichton y, con la colaboración de Jonathan Nolan y Lisa Joy, consiguió exprimir su trama, en el amplio sentido de la palabra, creando una serie de televisión que emitió HBO en 2016. Una idea que los aficionados a la ciencia ficción y los dilemas con las IAs nunca podremos agradecerle lo suficiente (y que algunos, como yo, lamentaremos haber tardado tanto en disfrutar). Las casi diez horas de la primera temporada (con una segunda a punto de estrenarse) son una delicia. De nuevo se nos presenta un parque de atracciones de última generación, en el que los visitantes pueden disfrutar de una gigantesca recreación del Salvaje Oeste, poblado por androides que imitan a la perfección a los típicos personajes del Far-west (e incluso a su fauna). Sin embargo, mientras que Crichton derivó hacia una historia de terror pseudocientífico con los androides convertidos en monstruos, la nueva Westworld cambia por completo ese planteamiento y nos hace experimentar la terrible realidad de los androides: seres que no solo son capaces de sentir, si no que han sido provistos de una historia personal, unos recuerdos de un pasado inexistente y unos vínculos sentimentales ficticios que les hacen creer que son personas. Y en el mismo primer episodio ya se nos da una visión muy aproximada de lo que es vivir en un bucle sin fin, obligados por la “línea narrativa” del parque a interpretar a un cierto personaje, y llevar a cabo las mismas acciones una y otra vez, día tras día. Pero, sobre todo, sometidos a cualquier deseo que puedan imaginar los visitantes humanos, ya que su única función es hacer realidad los sueños de esas personas, por más oscuros y retorcidos que sean. En este cambio de perspectiva, el terrorífico Hombre de negro que encarnase Yul Briner tiene también su contrapartida actual de la mano de Ed Harris. Solo que el monstruo, esta vez, no es un androide.

El debate transhumanista discurre por unas sendas similares a las de la serie Humans (adaptación de la sueca Real Humans, por cierto). ¿Hasta qué punto acabamos degradando nuestra propia humanidad, si somos capaces de desconectar nuestra empatía frente a seres que, por más artificiales que sean, están vivos? Después de dar rienda suelta a nuestros más bajos instintos contra una cosa que es igual que cualquier humano, ¿quién no temería que eso acabase por liberar el apetito por una víctima “más real”? En la serie, los visitantes recurrentes son adictos a la sensación de no estar sujetos por ataduras morales; de poder llevar a cabo las atrocidades que nunca se atreverían a cometer en el mundo real, porque en Westworld no deben correr con las consecuencias. Y se da a entender que sus retornos se deben a que “solo allí” se atreven a liberar a sus demonios. Pero yo me permito dudar de que, una vez abierta la caja de Pandora, fuera a ser tan sencillo no dejarse llevar por la tentación.

La serie explora también el campo del conflicto moral que deberían enfrentar los creadores de unos seres cuyas IAs los hacen casi humanos por entero. En la serie tenemos a Anthony Hopkins como Robert Ford, el creador que actúa desde la perspectiva de un dios y se niega a ver a los androides más que como simulacros muy sofisticados de personas reales (con un nivel de interpretación que llega a recordar a Hannibal Lecter). Pero, a medida que transcurren los episodios, descubrimos que hubo otro científico implicado en el desarrollo de las IAs, y que su postura era diametralmente opuesta a la de Ford. Que para este hombre todos los rasgos humanos de los androides les convertía, en definitiva, en seres humanos, y como tales debía impedirse la explotación a la que iban a ser sometidos. Una disparidad de opiniones que no terminó con la muerte del segundo progenitor, pues en la arquitectura de los cerebros cibernéticos quedaron incrustados unos procesos que les animan a escapar de la trampa en la que encerraron sus mentes. Y es que de hecho la manipulación que sufren es de tal envergadura que, a pesar de que se les borre la memoria al final de cada bucle, no pueden evitar conservar pequeños fragmentos de lo que han vivido. Recuerdos que vuelven a su memoria durante su tiempo de “sueño”, haciendo que revivan como pesadillas todo aquello que les han hecho sufrir los visitantes. Amén de tener flashes sobre las distintas vidas que han inventado para ellos los guionistas del parque a lo largo de los años. Ecos de unos sentimientos que definieron lo que eran, hasta que alguien decidió cambiar por completo su existencia. Y pocas cosas hay tan horribles como descubrir que toda tu vida y todo lo que sabes sobre ti es mentira.

Argumentalmente, la primera temporada se vertebra en torno a las tramas de dos personajes femeninos (las androides Dolores y Maeve), y dos personajes masculinos (el Hombre de negro, y Robert, el co-creador de las IAs). Todos atrapados en Westworld, bien de forma voluntaria u obligada, mientras intentan encontrarle un sentido a sus vidas (o, en el caso de Ford, agarrándose a la única vida que tiene sentido para él: controlar el destino de sus criaturas). Enredados sin poder evitarlo en esa dinámica de eternos bucles que define el parque y que nos acaba dirigiendo hacia un final en el que acaban colisionando las ansias comerciales de quienes dirigen el parque con los propios deseos de estos personajes. Un final apoteósico, después del cual a mi se me ocurre que la segunda temporada podría tener un cierto regusto a Retorno a Parque Jurásico. En cualquier caso, resulta imposible comentar más al respecto sin fastidiar a todos aquellos que aún no hayan visto la serie. Tan solo puedo animaros a que, en cuanto acabéis de leer éstas líneas, os preparéis para disfrutar y darle muchas cosas con las que pensar a vuestro cerebro.

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SERIES: ALTERED CARBON, ¿El espíritu sobre la carne?

Por R. G. Wittener.

Si me guío por mi propia experiencia, la última serie de éxito producida por Netflix debe de estar haciendo muy felices a los aficionados a la Ciencia-Ficción. Para los veteranos, sobre todo, ofrece una combinación de elementos nuevos y “homenajes” a obras anteriores que ayudan a vincularla con universos ya conocidos por mera similitud visual.

En principio, Altered Carbon se presenta como una distopía ultra científica; pero desde el primer episodio comienza a desarrollarse bajo las líneas argumentales de una novela hard-boiled, evolucionando hacia el final de modo que acaba siendo una historia de aventuras a lo Misión Imposible (o un western de venganza, no sabría decidirme por estas dos opciones). La acción transcurre a finales del siglo XXIV, en una sociedad transformada por dos hitos científicos radicales: la capacidad para almacenar toda la información del cerebro humano en un dispositivo electrónico, y la posibilidad de crear cuerpos nuevos (con características por encima de lo normal, incluso) para sustituir a los dañados o afectados por enfermedades, la vejez, etc… De hecho, cambiar de cuerpo se considera tan habitual que el nuevo término para designarlo es “funda“. En términos sencillos, se ha puesto al alcance de la humanidad la inmortalidad. Sin embargo, como he dicho, este es un universo distópico, y los verdaderos avances de esta tecnología han quedado reservados para el uso y disfrute de quien pueda pagarlos. Limitando las opciones de la gente normal a “reutilizar” fundas de segunda mano, endeudarse para pagar la producción y mantenimiento de un clon al que ser transferido si ocurre algo malo, o permanecer “dormido” en el dispositivo que sirve de almacenamiento de memoria (la “pila“), a la espera de ser resucitado. Y toda la trama de la serie gira en torno a esta futurible sociedad, y a toda una variedad de problemas derivados de que esa tecnología se hiciera realidad, que se plantean al respecto.

El primer conflicto que se plantea es el de la identidad del individuo, y su vínculo entre lo físico y lo intelectual. Algo que aparece al presentarnos al protagonista, Takeshi Kovacs, cuya mente había permanecido encarcelada durante 250 años hasta que un Mats (abreviatura de Matusalén, usada para calificar a aquellos tan ricos y poderosos que llevan siglos transfiriéndose de un cuerpo a otro) paga su resurrección. Y entonces descubrimos que, sin el dinero necesario, las personas pueden acabar “re-enfundadas” en cuerpos de distinto sexo, o de edades diferentes (adolescentes en el cuerpo de ancianos), porque deben contentarse con lo que les ofrece el sistema penitenciario (que encierra mentes y saca tajada reaprovechando las fundas de sus reclusos, si es que ningún allegado paga por evitarlo).

El dilema de la identidad ligada a lo físico se plantea de diversas maneras durante la historia: desde el mero robo de identidad, si se consigue transferir la memoria a una funda idéntica a la que esté usando otra persona; al problema de encontrar el cuerpo de alguien que te importa “ocupado” por otra persona que ha sido re-enfundada en él; hasta el drama (o la comedia) de que un ser querido sea re-enfundado en un cuerpo que nos resulta totalmente ajeno. Y es que, en ese sentido, el universo de Altered Carbon se decanta por considerar casi indisoluble la mente con el cuerpo en el que nace; planteando la posibilidad de sufrir un trauma psíquico de resultas de ser re-enfundado en demasiados cuerpos distintos. Amén de que, para quienes pueden pagarlo, los implantes y las mejoras exóticas se convierten en una forma de unir el aspecto físico con el ego de la persona.

Todo lo anterior afecta en especial a la gente de a pie, pero pronto acabamos descubriendo que ni siquiera los Mats estarían a salvo de resultar perjudicados por este nuevo orden social. Para empezar, la vida eterna serían una jaula de cristal para los hijos de los Mats. Si tu padre no va a morir, la sucesión es una quimera. Para quienes no fueran capaces de buscar una vía para la “emancipación personal”, la serie les augura un futuro tratados como niños por muchos siglos que cumplieran. Y algo parecido se plantea con el matrimonio, ya que las parejas se verían abocadas a una convivencia infinita procurando aceptar (o ser ciegos) a los deslices del otro (una visión un poco reducida por parte de los guionistas, obviamente, ya que tampoco sería extraño pensar en todo lo contrario: que los Mats fueran cambiando de pareja a medida que se aburriesen el uno del otro).

Por encima de todo eso, sin embargo, asoma un problema mucho mayor: el hastío. Cuando uno dispone de todo el tiempo del mundo, cualquier cosa puede dejar de ser entretenida o divertida. Sentirse maravillado se vuelve más difícil. Y en la serie eso se considera como el motor hacia los peores instintos del ser humano. Los Mats, a pesar de sus cuerpos perfectos y sus hogares llenos de arte magnífico, no son elfos de Tolkien. En todo caso, serían elfos de la tradición nórdica. No solo le han perdido el miedo a la muerte, si no que han llegado al punto de disfrutar haciendo uso de su poder para ver morir a otros. Y, como de hecho están en una posición que les hace casi intocables por la ley, su morbo no se limitaría a simples juegos de gladiadores, dando riendo suelta a deseos mucho más horrendos. Al poder pagar un cuerpo de reemplazo, ¿por qué no permitirme un sadismo desbocado, si la otra persona puede ser transferida a un clon cuyo físico está intacto? ¿Por qué no ir un poco más allá?

Es el peligro de esta casta de inmortales deshumanizados contra lo que se postula la serie. Aunque, respetando su espíritu distópico, no llega a ofrecer una solución efectiva. Los movimientos revolucionarios que pusieran en peligro el status quo de los Mats estarían, obviamente, abocados a sufrir una represión absoluta por el gobierno (que sería decir lo mismo que los Mats); y la única vía de resistencia que se postula queda en mano de los ortodoxos religiosos, cuya renuencia a aceptar la prolongación de la vida se reduciría a las clases bajas.

En cuanto a la trama y su universo, creo que eso es todo lo que puedo comentar sin fastidiarle el visionado a nadie. Así que paso a comentar las similitudes estéticas y temáticas con otras obras de ciencia-ficción. De las cuales, la más obvia es Blade Runner. Con esas imágenes suburbiales, los toques de inspiración nipona, la oscuridad perenne y la lluvia constante, además de los aerovehículos que usan para desplazarse por Bay City. De hecho, teniendo en cuenta que hay la posibilidad de modificar las fundas con especificaciones muy por encima de la fuerza y la resistencia humana, extraña no ver un cuerpo policial específico (lo cual la acercaría también a Ghost in the Shell).

Por otro lado, hay varios momentos que se desarrollan en la realidad virtual, con una estética y una interacción que no queda lejos de Matrix (aunque, por necesidades del guión, aquí se puede morir en el entorno virtual sin sufrir una muerte real), y el detalle que más me extraña a este respecto es que vemos usar la RV para tratar trastornos psíquicos pero no se habla de que la usen para reeducar a los presidiarios (una idea que bien podrían haber pedido prestada a Demolition Man, ya que su sistema presidiario consiste en “congelar en el tiempo” a los criminales).

Por último, y en contraposición con todo ese Cyberpunk oscuro “clásico”, tenemos el universo élfico de los Mats, marcado por el vestuario desinhibido y una perfección física que, como ya he dicho, solo sirve para disimular una conducta propia de seres que van camino de perder toda la humanidad. Un marco visual que ya hemos visto en películas futuristas y, en mi caso, me recuerda al habitual recurso del anime japonés de utilizar el estilo decimonónico para proyectar poder y tradición sostenidos a lo largo del tiempo.

¿Mi opinión? Que esta serie, y sus futuras temporadas (si se desarrolla la saga literaria original) puede convertirse en un referente ineludible al considerar las opciones del transhumanismo (las IAs, aunque presentes, tienen un protagonismo menor). Y, además, lo está haciendo de un modo entretenido. Algo que quizás no satisfaga a quienes querrían un tono más duro o filosófico de una distopía, pero no impide que, después de acabar de verla, te sigas planteando preguntas de gran calado. En especial, la que toda especulación de Ciencia-Ficción tiene detrás “¿…y si esto fuera posible?”

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Stranger Things 2: La dificultad de mantener el listón.

Por R. G. Wittener.

Voy a empezar este artículo con una afirmación que sonará incoherente: la segunda temporada de Stranger Things ha sido, al menos, tan buena como la primera; pero no creo que el formato de “secuelas” sea el que mejor le viene a ésta serie. Yo, personalmente, considero que deberían de haber optado por un planteamiento similar al de American Horror Story y, por más que sea fan del personaje de Eleven, los guionistas deberían haber mantenido su idea original de no “resucitarla”. Algunos héroes brillan más cuando se sacrifican.

Dicho esto, insisto: nadie que disfrutase con los episodios de la primera temporada podrá haberse sentido defraudado con lo que los Hermanos Duffer y Shawn Levy nos han ofrecido este otoño. Un éxito que era fácil de obtener conmigo, ya que me ofrecen los contenidos de dos de mis libros favoritos de King: la niña con poderes sobrehumanos que el gobierno quiere convertir en un arma (Ojos de Fuego), y el grupo de adolescentes capaces de enfrentarse al monstruo que los adultos no pueden ver (It). Y si a eso le añadimos el factor fan de lector de cómics de superhéroes mutantes, cualquiera puede imaginar con qué gusto he devorado las dos temporadas de la serie.

Empecemos por lo fácil. ¿Qué ha sido lo mejor de estos nueve capítulos? Pues en primer lugar, sin duda, las escenas protagonizadas por el grupo de chavales. El espíritu de los Goonies continúa flotando sobre cada una de ellas, como en la primera temporada; con esa combinación de emoción y humor tan especial, que consigue hacernos desear volver a ser unos críos y poder formar de esa pandilla. Y algo genial que han hecho ha sido el desarrollo emocional de los personajes. Obligados por la estructura de tramas en paralelo que ha constituido la temporada, eso sí, pero han acabado distribuyendo a los protagonistas en parejas que, en varios casos, han funcionado de una manera brillante. Y no me refiero solo a Hopper y Joyce, o a Nancy y Jonathan, sino a Steve y Dustin, o Hopper y Eleven. Sobre todo ésta última, que nadie podía imaginarse al principio de la temporada; pues el choque del ultraprotector Hopper contra las ansias de reunirse con sus amigos de Eleven han acaparado los momentos de mayor intensidad de la serie (con la salvedad de Will y su madre). En cualquier caso, cada emparejamiento ha servido para perfilar a los personajes y mostrar también el proceso de maduración propio de su edad.

Por otro lado, hemos vuelto a disfrutar con el revival ochentero que ya se convirtió en sello particular de la serie en la primera temporada. A los fans que vivimos aquellos años siendo unos críos nos han regalado una plétora de referencias a esa década, unas veces más discretas y otras más obvias: los Cazafantasmas, los videojuegos clásicos, el Dungeons and Dragons… que han servido para llenar Youtube con vídeos en los que intentan recopilar todas, y de paso demostrarte cuántas se te pasaron inadvertidas.

Y ahora, la píldora amarga. ¿Qué es lo que menos me ha gustado? Quizás la trama de Max y su hermanastro, Billy. Porque durante la mayoría de la temporada han tejido una neblina de secretos en torno a quiénes eran en realidad y qué circunstancias los habían llevado a Hawkins; provocando toda clase de elucubraciones (yo llegué a pensar que eran delincuentes fugados), que se resolvieron luego de un plumazo en un par de escenas. Y aunque la solución podría ser aceptable respecto a su pasado, que la relación entre Max y Billy se equilibrara con una simple demostración de fuerza por parte de ella no me acaba de cuadrar con todo lo que me habían mostrado antes. Aparte de que, si su trasfondo iba a ser tan “mundano”, bien podrían haber ido eliminando el misterio episodio a episodio. Y eso me lleva a mi otro motivo de descontento con la serie: su duración. Incluso aumentando la longitud en un episodio, se ha hecho demasiado corta. Demasiado concentrada. Y, si no me equivoco, eso se ha debido al hecho de mantener a Eleven en la historia. Tanto su huida, como el encuentro con su “hermana mutante” y su entrenamiento, han respondido a la necesidad de organizar una trama para ella y, a la vez, mantenerla lejos de un argumento principal que no habría resistido que interviniera antes. Además de que su encuentro con Kali, concentrado y refinado hasta el límite para reducirlo a un episodio, ha abierto líneas que merecería la pena explorar. Incluida la posibilidad de un viraje moral que, por desgracia, no podían permitirse en el que se ha convertido en su personaje estrella.

Y esto nos deja con el final de la temporada: mi mayor motivo de preocupación cara al futuro de la serie y sus personajes. En primer lugar, el hecho de que persista la amenaza de “el otro lado” parece vaticinar (aunque confío en que no será así) que seguiremos estancados en Hawkins y la misión de sus jóvenes protagonistas volverá a ser cerrar el portal desde el que llegue el mal. Esperemos al menos que no vuelvan a usar a Will como víctima/huesped/chico de los recados… Aunque el mayor dilema será comprobar cómo se resuelve el elemento más desequilibrador de la serie: Eleven. Un personaje que los Hermanos Duffer han reconocido que no entraba en sus planes para la segunda temporada, y que va camino de replicar el síndrome de Sylar y Fénix, esto es, obligar a los guionistas a bregar con un personaje tan poderoso que no tiene rival (¿quizás Kali podría ejercer ese papel en el futuro? ¿O volverá su falso padre con medios para torturarla de nuevo?). De hecho, Hopper parece destinado a convertirse en un remedo del Profesor-X, e ingeniárselas para evitar que su recién adoptada y muy impulsiva hija no acaba convertida en otro icono literario de los 80: Carrie.

Eso sí, no me malinterpretéis. A pesar de todas estas dudas y reticencias, confío en que el equipo creativo logrará desarrollar otra historia que haga la tercera temporada memorable. Stranger Things cuenta con unos personajes muy interesantes, y en estos nueve episodios hemos atisbado varias líneas argumentales que bien podrían fundamentar una nueva tanda de aventuras para Lucas, Will, Mike, Dustin, Max y Eleven. Es solo que me angustia pensar en la posibilidad de que se arruine una de mis series favoritas, antes de lograr convertirse del todo en una obra de culto.

 

Dark, de Baran bo Odar y Jantje Friese, de lo más recomendable de Netflix

Por Loren Lumiére López.

¿Alguien está viendo o ha visto Dark, la nueva serie de producción alemana emitida por Netflix? Tras verla, en mi caso tengo que decir que me ha gustando bastante. He leído por ahí que la comparan con ‘Stranger Things’ y no puedo estar para nada de acuerdo, salvo alguna cosa concreta que tiene en común. Son series con intenciones y trasfondo totalmente distinto.

Para empezar, Dark se aleja mucho del tono buenrollero de Stranger Things; es mucho más fría, sórdida y adulta en su conjunto, y porqué no decirlo, también en su guión y personajes (no digo que sea mejor o peor, solo que es muy distinta).

La serie maneja el suspense bastante bien y es mejor verla sin saber nada de ella. A destacar su ambientación, (que me parece muy particular y crea buena atmósfera), y el guión, que es muy bueno, el como se va hilvanando todo, y pese a que nos podemos oler la tostada en el capítulo 3 o 4, realmente la serie no va de “quién“, sino de “cómo” y “cuando” (como reza una de sus frases promocionales). Y ahí es donde Dark saca todo su potencial. Como punto negativo reconozco que en algunos tramos, llegando al final de la temporada, tanta información de los diferentes personajes y sus respectivos acontecimientos me llegaron a confundir y hacer que me perdiera un poco. No sé si será cosa mía, que soy muy torpe o quizás no está del todo bien explicado debido a la “densidad” de información, algo confusa a veces, aunque la serie hace todo lo posible por explicarlo (supongo que son conscientes de ello).

Más allá de su argumento me ha gustado mucho también la construcción (y deconstrucción) de los personajes. Aquí no tenemos buenos muy buenos o malos muy malos, son gente digamos gris, con sus virtudes, sus secretos y defectos, lo que los hace digamos más cercanos, pese a que por ello puedan crear a veces cierta antipatía; pero creo que es una virtud en este caso, sobre todo cuando ves la evolución de los mismos a lo largo de la temporada.

Hablar de cualquier otra cosa de ‘Dark’ sería rozar el spoiler, pero creo que es una buena serie, buena trama, curiosos personajes, bien llevada y bastante adictiva con un puntito “original” o digamos más “exótico” alejando del tono USA. El tema central por el que gira la serie me apasiona, da mucha chicha y creo que lo han explotado bastante bien.

Muy buena serie, muy recomendable.

 

V Premios ATRAE, un reconocimiento a los profesionales del doblaje y la traducción

Por Josemi de Alonso.

 

Eran las siete de la tarde del sábado, y la ECAM estaba inusualmente concurrida: unas cien personas entre premiados, amigos y familiares que se preparaban para esperar el resultado de unos premios a una de las labores más denostadas entre los hipster del cine: Los premios a los doblajes y las traducciones audiovisuales.

(Un par de aprendices de Godard están retorciendose de dolor en su piso de Malasaña mientras gritan sobre la santidad de las voces originales de los actores. Sentíos mal por ellos. Pagan mil quinientos por el piso en el que están dando sus últimos estertores.)

El salón de actos de la ECAM retumbaba con la voz De Claudio Serrano, el presentador. Una gala presentada por este hombre tiene un curioso efecto: cerrando los ojos puedes imaginar que está siendo presentada por Bruce Wayne

https://www.youtube.com/watch?v=urQiXyDA8YI

o por Otto, de los Simpsons.

https://www.youtube.com/watch?v=vDWAVFKc3xY

Un dato que me resultó curioso es que la mayor parte de premios incluía dos ganadores: el traductor por un lado y el adaptador por otro, que se encarga de conseguir que encaje en los tiempos que tiene el actor para hablar. El otro dato fue la reivindicación de casi todos los ganadores en pedir que se suban las tarifas de traducción. (Se conoce que el premio no lleva aportación en metálico, si acaso una copa de vino en el catering)

-Mejor traducción y adaptación para doblaje de película estrenada en cine: Zootrópolis. Lucía Rodríguez Corral (traducción) y Lorenzo Beteta (adaptación)

https://www.youtube.com/watch?v=ScIH8rZFsmc

-Mejor traducción y adaptación para doblaje de obra estrenada en TV, DVD o plataforma en línea: Rick y Morty (T2). Rafael Ferrer (traducción) y Santiago Aguirre (adaptación)

https://www.youtube.com/watch?v=GvqOZXDXHBU

-Mejor subtitulación de película estrenada en cine: Spotlight. Lía Moya (traducción)

https://www.youtube.com/watch?v=3G2EgJBkNaQ

-Mejor subtitulación de obra estrenada en TV, DVD o plataforma en línea: Black Mirror (T3). Paula Carrasco Cano y Laura Segarra Vidal (por el episodio Cállate y baila)

https://www.youtube.com/watch?v=nOuebtOSzME

-Mejor traducción y adaptación para voces superpuestas en cine, TV, DVD o plataforma en línea: Atari: Game Over. Marcos Randulfe Sánchez

https://www.youtube.com/watch?v=4wjMn6yjOjQ

-Mejor audiodescripción de obra estrenada en cine, DVD, TV o dispositivo móvil: Juego de tronos (T6). Antonio Vázquez Cuesta

https://www.youtube.com/watch?v=15cvTbBC2DQ

-Mejor subtitulado para sordos de obra estrenada en cine, DVD, TV o dispositivo móvil: Una mirada cap enrere. Jordi Bosch Díez y Jota Martínez Galiana (traducción) y Joana Caimari (revisión)

https://www.youtube.com/watch?v=WdRl4b-Ar88

-Mejor traducción de videojuego para consola, PC, web o dispositivo móvil: Watch Dogs 2. Maira Belmonte, Ramón Méndez, Amaranta Pérez y Gema Solís (traducción) y Manuel Mata y Vicent Torres (revisión)

https://www.youtube.com/watch?v=NFNrPEJa5P0

ATRAE concede este año el cuarto premio Xènia Martínez a Paula Mariani por su labor de divulgación y enseñanza, especialmente en el terreno de la subtitulación, por haber sido precursora de las dos primeras CITA y de la propia asociación ATRAE, y por luchar por los derechos de los traductores al frente de DAMA para dignificar la profesión

Los ganadores se llevan sus trofeos a casa. Los finalistas y los reporteros nos apostamos al lado de las croquetas y las copas de vino que esperan a la salida. Un premio de consolación, pero premio al menos.

En resumen: una bonita gala y un esfuerzo encomiable por hacer visible la labor de los traductores, una profesión maldita en estos tiempos de: “yo es que las series las veo subtituladas”. Desde este humilde blog rompemos una lanza a favor de estos profesionales que se esfuerzan en hacer más accesible la cultura y el entretenimiento para todos.

 

¿Matará el éxito a Juego de Tronos?

Por R. G. Wittener

Después del trepidante verano al que nos ha sometido HBO con la séptima temporada de Juego de Tronos, lo cierto es que la sensación de un buen número de aficionados es de insatisfacción. O, al menos, esa es la interpretación que yo hago de los comentarios que he recibido de mis amistades y de lo que veo en los canales de YouTube que sigo. Un efecto provocado por la forma en que se han planteado estos episodios, y que es el resultado de los problemas de la productora para manejar una serie con hechuras de superproducción cinematográfica.

Para empezar, la séptima temporada ha estado marcada por los saltos temporales más radicales que nunca antes se habían visto en Poniente. Ha sido, por así decirlo, una temporada express. Y aunque ya habíamos tenido algunos ejemplos de “acción acelerada” en episodios de la sexta temporada (la llegada del Rey de la Noche al refugio del Cuervo de Tres Ojos, o la muy comentada ubicuidad de Varys en el último episodio), hasta este año la acción de cada capítulo transcurría en un lapso de tiempo que se medía en días y había una percepción general de “simultaneidad relativa” entre los lugares en que se desarrollaban las tramas. Viajar de un punto a otro podía alargarse durante dos o tres episodios, y hasta hemos tenido temporadas en las que la trama de unos personajes consistía precisamente en narrar las peripecias de su viaje (Arya y el Perro, o Brienne y James); algo que, tras el primer episodio de la última temporada, mudó en desboque de caballos y en trastocar ese acuerdo entre la serie y sus seguidores, por el cual no se producían grandes elipsis temporales, y mucho menos de forma sistemática.

De modo que los espectadores nos hemos encontrado no solo con personajes, si no con ejércitos completos que “saltaban” de un punto geográfico a otro, obligándonos a entender que habían transcurrido días (por no decir semanas) en un simple fundido en negro. Un recurso que, de pronto, comenzó a repetirse en un mismo episodio, dejando así lapsos de tiempo “en blanco” en los que las tramas de los personajes evolucionaban sin que nosotros lo pudiéramos ver. Todo lo cual ha hecho que la campaña de Daenerys por hacerse con el control de Poniente, que se presuponía al final de la sexta temporada como algo para recordar… lo haya sido, por la dificultad para seguir los continuos viajes de sus ejércitos, y por resultar más bien un fiasco (lo cual, como ya explicaré, era previsible en parte).

Personalmente, y aquí quiero hilvanar todo lo expuesto con mi comentario inicial, el causante de todo este cambio en el desarrollo de la serie está muy claro: la decisión de HBO de acortar la temporada a solo siete episodios. Una modificación justificada en el deseo de mantener la calidad de producción de cada capítulo sin querer aumentar el presupuesto global, a sabiendas de la cantidad de batallas que debían filmarse (y que los dragones y los Caminantes Blancos estarían presentes en muchos planos). Después de haber ofrecido momentos como la Batalla del Aguasnegras, o la Batalla de los Bastardos, estaba claro que no podían quedarse cortos en la que, parecía, sería la guerra final por el Trono de Hierro; unos combates que todos imaginábamos ya aún más épicos que todo lo anterior.

Lo malo ha sido que esta reducción de longitud no venía justificada (como yo mismo creía) porque tuviesen menos cosas que contar a nivel de personajes, si no porque habían optado por condensar las tramas. Por mi parte, y tras las temporadas anteriores, pensé que el “nudo” de la trama ya estaba resuelto. Que los personajes ya habían evolucionado hasta dejarlos completamente definidos y tocaba lanzarse hacia el desenlace final. Que su viaje estaba por concluir y ahora era el momento de mancharse las manos y ver quién salía vencedor del juego de tronos. Razoné que esta sería la temporada de la guerra entre Cersei y Daenerys, y la última serviría para detener a los Caminantes Blancos y despedir a los supervivientes en sus destinos finales. Pero no. No ha sido así. Aún quedaba bastante tela que cortar en los patrones de varios de los protagonistas. Y lo malo ha sido que, al enfocarse en conseguir que “el impacto visual de la serie estuviera a la altura”, lo que ha salido perdiendo ha sido su otro soporte en el éxito: las tramas de poder. El fondo de los personajes. Antes he dicho que habían condensado las tramas, pero una definición más certera sería que las han pasado por un alambique hasta intentar quedarse solo con su esencia más concentrada, sin conseguirlo del todo. Esa precipitación de eventos, que nos llevaba de un momento intenso a otro (reduciéndolo al momento de mayor exaltación), ha obligado a “saltarse los preliminares” en la mayoría de las líneas argumentales: el retorno de los niños Stark, la relación de Jon y Daenerys, el choque de Cersei y Jaime… y, por encima de todo, la conspiración de Meñique.

Resumir lo ocurrido este verano es complicado, porque cada episodio ha constituido ya el resumen de algo que debería haber sido más elaborado. De hecho, y considerando que han querido dar cierta preeminencia al aspecto bélico de la temporada y, por tanto, a las batallas, ha habido unas cuantas que se han resuelto con un par de planos aéreos, un minuto de acción, y poco más. Nada de lo que habríamos esperado. Al menos, esa es mi impresión. Y además, para mayor fastidio, los personajes más vapuleados en la temporada han sido los del bando de “los buenos” (o ese es el balance que yo hago). Como ya he dicho antes, precisamente porque el ejército de Daenerys resultaba formidable, la lógica narrativa permitía adivinar que sufriría algún revés para igualar la balanza y hacer menos predecible el resultado de la guerra; pero yo, desde luego, no me esperaba que la debacle fuera tan catastrófica: el brillante Tyrion ha resultado ser un pusilánime como estratega, Daenerys ha pasado a ser una reina soberbia que hace oídos sordos a sus consejeros, sus aliados han pecado de una bisoñez militar pasmosa… y, en el norte, Arya y Samsa se han enredado en una pelea de niñas, cuya lógica solo estaba clara en la mente de los guionistas, y que se ha resuelto de una manera en la que algunas feministas se han sentido humilladas. En resumen, que todos esos personajes han defraudado a sus fans.

Para la última temporada, que al parecer se va a postergar hasta 2019 de forma definitiva, HBO ha anunciado un incremento muy jugoso en el presupuesto de cada episodio. Sin embargo, pretende mantener la misma extensión que este año (aunque algún capítulo podría superar con creces los 50 minutos de duración). El problema es que, visto lo visto, la semilla de la sospecha (al menos en mi caso) ya está plantada. Personalmente, cuando anunciaron los planes de “recortes” para las temporadas finales comencé a dudar de que pudieran cerrar la serie disponiendo “nada más” que de catorce episodios. Dada la cantidad de líneas argumentales y de personajes, por más que haya bajas de aquí al final, mi lógica me dice que sería necesaria una serie de “cierres de tramas en secuencia”, al modo en que se hizo en El Señor de los Anillos.

Y aunque solo uno (o dos, si hay boda) se pueda sentar en el Trono de Hierro, creo que ningún aficionado se quedará tranquilo si no le explican cuál será el destino de su personaje favorito después del definitivo Final. Pero ahora, después de nueve años compartiendo las aventuras de estos personajes, temo que me enfrente a otra carrera de velocidad en cada episodio, y todo lo bueno que se podía decir de la serie se olvide por culpa de un “tapón mágico en el centro de la isla”, provocado por centrarse más en la forma que en el contenido.

 

 

VIAJEROS EN EL TIEMPO: FUNCIONARIOS vs MERCENARIOS

Por R. G. Wittener

 

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Vaya por delante que soy “ministérico” desde que la serie echó a andar. Aunque, por supuesto, al principio tuve miedo a que la incursión de TVE en la ciencia-ficción acabase siendo un fiasco; pero para el segundo episodio ya era un fan incondicional, y he disfrutado mucho cada temporada. Así que, cuando comenzó a circular la noticia de que la NBC había plagiado el Ministerio del Tiempo, y los foros se llenaron de aficionados que clamaban cielo por las malas artes de los americanos, no tardé en aprovechar la oportunidad y comprobar por mí­ mismo lo que se decí­a. De hecho, la he seguido hasta el último capítulo de su única (¿o no?) temporada. ¿Mi opinión? Que al final, y después de todo, son dos series de entretenimiento para los aficionados al viaje en el tiempo, pero se trata de dos productos diferentes.

¡OJO! Posibles SPOILERS a partir de este punto.

DIFERENCIAS SINGULARES:

Una de las bazas principales de El Ministerio, si no la más importante, es la de contar con personajes de distintas épocas históricas entre sus protagonistas y poder jugar con esa sorpresa respecto al presente, o a momentos de su “futuro relativo”. Y aunque con Amelia Folch se ha seguido un proceso muy rápido de asimilación al siglo XX, Alonso de Entrerrí­os sigue ofreciendo momentos simpáticos a costa de los choques culturales.  En cierto modo, es una fórmula similar a la usada en Star Trek o Los Guardianes de la Galaxia, ya que los guionistas disponen de una lista infinita de personajes del pasado para reclutar; y, como si de razas aliení­genas se tratasen, cada uno de ellos puede aportar su peculiar idiosincrasia a la trama argumental. En Timeless no disponen de ese ingrediente (y bien que les vendí­a contar con un Spínola o un Velázquez, por poner un ejemplo).

Otra diferencia radical entre ambas series radica en las puertas del Ministerio. La serie de la NBC juega con dos máquinas del tiempo que se persiguen la una a la otra (los protagonistas deben correr detrás de su enemigo para evitar que cumpla el malvado plan de turno), mientras que El Ministerio puede desarrollar sus tramas en múltiples momentos de la historia, ya que tiene acceso simultáneo a todos ellos. Eso le ha permitido desarrollar argumentos en las que sus patrulleros estaban resolviendo casos en diferentes épocas a la vez.

MDTT1En la última temporada de El Ministerio se han tomado algunas decisiones controvertidas, pero la máxima que lo rige está muy clara: preservar la historia, tal y como se conoce en la actualidad. En ese aspecto, Timeless es (era) totalmente divergente: desde el primer episodio (y aunque la idea de “proteger la historia” estaba ahí­), se ha ido cambiando el pasado; unas veces en aspectos relevantes y otras en detalles más nimios, pero el presente de sus protagonistas ha variado a medida que transcurrí­a la temporada. Algo que, por otro lado, constituye una de las premisas de la serie y define la naturaleza de su antagonista; pues el presente serí­a el resultado de la manipulación ejercida por una sociedad secreta (Rittenhouse), en su único beneficio. De hecho, este enemigo cuyos hilos invisibles lo emponzoñan todo (y que tendría entre sus miembros a Ford, Edison o Lindbergh) me resultó más atractivo que la organización Darrow (por más que fuera un guiño a Las Puertas de Anubis y, por ende, a los fans del género). Porque, como villano, me pareció más sólido.

A pesar de que ambos equipos son un trí­o, las diferencias entre ambos son mayores que sus parecidos. De hecho, como en Timeless ya contaban con dos personajes blancos, el tercero en discordia es negro (la cuota de minorías raciales, ya saben): un ingeniero en la mejor tradición del pardillo salido de un suburbio gracias a su cerebro, y con escaso talento social o para la acción. De hecho, mientras que Alonso de Entrerríos es “el músculo caballeresco” del equipo, y proporciona ese “sentido de la maravilla”, Rufus Carlin apenas cumple otra función que la de chófer en la máquina del tiempo, ya que la segregación racial lastra en demasía su capacidad para poder actuar con libertad en las misiones.

Por supuesto, las acusaciones de plagio contra la NBC debían de tener algún fundamento. Pero, aún así­, yo no acabo de ver tan claro que hubiese base para una demanda. En cualquier caso, estos serí­an los PARECIDOS RAZONABLES:

El viudo atormentado. En ambas series, uno de los protagonistas masculinos ha perdido a su pareja en circunstancias traumáticas y querrá enmendar ese “error” viajando al pasado. Situación que, de paso, se aprovecha para desarrollar una trama de tensión sexual “no resuelta” con su compañera de misión.

La mujer de ciencias. También hay parecidos entre Amelia Folch y Lucy Preston: las dos son “enciclopedias de historia”, sacadas del mundo académico y puestas al mando de sus patrullas que, además, acaban teniendo escarceos amorosos con sus compañeros, condenados a no llegar más lejos. Pero yo señalarí­a que, a Amelia, el Ministerio le ha servido para realizarse como persona. Sin renegar de su época, es obvio que prefiere el presente y la libertad de ataduras que le ofrece. Para Lucy, sin embargo, la máquina del tiempo es su única solución para recuperar una vida y una familia que ha perdido en el primer episodio, y que por tanto sólo le está causando dolor.

Las dos series cuentan, también con anarquistas del tiempo. Traidores que “desean crear un presente mejor”; cambiar la historia por los medios que sean precisos, aunque eso signifique matar. Ambos encarnan así­ la premisa principal de sus argumentos respectivos: la certeza de que, si tuviera los medios, cualquier ser humano intentarí­a cambiar la historia a su favor. Y aunque tengan motivaciones “nobles” (¿quién no querría ahorrarle a la humanidad tantas y tantas desgracias?), les acaba cegando su afán por cumplir esa misión (en el caso de García Flynn, en Timeless, impulsado por el deseo de venganza). Eso si­, mientras la Lola Mendieta de El Ministerio del Tiempo era el enemigo a batir desde un principio (aliada con el grupo Darrow), García Flynn comenzaba con ese mismo papel y luego íbamos descubriendo que, en realidad, era un trasunto de Sarah Connor: conocía el futuro y sabía lo que podí­a pasar si la máquina del tiempo acabase controlada por Rittenhouse. Y lo paradójico es que, en la serie donde el presente se volví­a cada vez más y más impredecible y peligroso, lo único inmutable era la certeza de que uno de los protagonistas acabaría aliado con el traidor.

Recapitulando, el resultado que obtengo al hacer esta comparación es que Timeless y El Ministerio son dos series con parentescos, pero diferentes (en cierta manera, ocurre una divergencia similar a la que hay entre la saga literaria de Juego de Tronos con la serie de televisión). Los aficionados a las tramas de conspiraciones en las sombras (con reminiscencias de Dollhouse) tienen la serie perfecta en Timeless; el Ministerio del Tiempo juega más en la categoría de las aventuras clásicas. No hay (o no habí­a, hasta ahora), una amenaza que se cierna sobre sus protagonistas, lista para atacarles donde menos se lo esperan. Y mientras los patrulleros harán lo imposible para devolvernos a esa realidad que, aunque áspera, tan familiar nos resulta, a los chicos de Timeless no sabemos qué presente (o futuro) les espera; pero la distopía llama cada vez con más fuerza a la puerta de su máquina del tiempo.

 

Crónica del “Fear The Walking Dead Fan Event”, Cine Callao en Madrid (AMC SPAIN)

Por Karol Scandiu

El pasado lunes 24 de julio acudí al evento Fear The Walking Dead Fan Event, gracias a una entrada doble que gané en un sorteo que la web de AMC SPAIN llevaba a cabo.

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Con la presencia de los actores Daniel Sharman (Troy Otto) y Rubén Blades (Daniel Salazar), participamos en una charla que duró alrededor de una hora en la sala del Cine Callao en Madrid. Nos esperaban en las butacas un bote con caramelos de fresa en forma de calaveras, una botella de agua y dos cartulinas (roja y verde) que usamos en un par de ocasiones durante la entrevista por parte del presentador.

Un evento ameno gracias a la simpatía de ambos actores, muy cercanos, con un humor increíble, que no dudaron en contestar a las preguntas preparadas por la organización así­ como las que el público pudo hacer al final de la cita.

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Entre otras, vimos varias escenas de la temporada actual de la serie (no de los nuevos capí­tulos que llegaron en el mes de septiembre, detalle que además rogó el presentador a los actores que no desvelaran nada de lo que ocurrirá en la siguiente parte de la tercera temporada), y pudimos conocer más detalles de su trabajo en la serie, además de la pasión que ambos tienen por el mundo artístico y por su profesión.

Entre algunas preguntas, me encantó tanto su cercanía, como sus respuestas en las cuales se tomaban su tiempo en contestar y ser detallistas; empezaron hablando de cómo llegaron a formar parte del elenco de la serie, en el caso de Rubén Blades llamado personalmente por uno de los creadores de la serie, comentó que le ofreció el papel tras ver su participación en la película Safe House junto a Denzel Washington Ryan Reynolds; Daniel Sharman contó (con mucho sentido del humor) como en su caso participó de un casting durante el cual no sabí­a ni para qué serie o papel optaba, ya que los productores de la serie (así como de TWD – The Walking Dead) mantienen un secretismo muy importante cuanto a la elección de actores, y que lo único que le dijeron era que pensara en que su personaje se llamaba Daniel, para después avisarle de que se personara para hacer un molde de su ojo con una cuchara incrustada en este, y así se quedó un par de semanas sin saber poco más (soñando con la cuchara, añadió entre risas).

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Hablaron sobre el avance de la serie, sus personajes, la fuerza que van cobrando poco a poco, comentando también sus pareceres sobre el mundo artí­stico, como les afectan (a ambos) la “carga´´ de unos personajes tan fuertes y con personalidades tan marcadas.

Una de las preguntas curiosas de la noche la hizo la primera fan durante la rueda de preguntas, y fue “qué les parecí­a un crossover entre TWD y FTWD´´, a los que los dos actores no dudaron en contestar que no solo la idea no les gustaba, como que no sería beneficioso para ninguna de las producciones, pues ambas son únicas y tienen su personalidad.

FTWD4Me quedo también con una de las respuestas de Daniel durante la mención al capí­tulo grabado totalmente en castellano en el cual el protagonista es Rubén (Salazar), pues transcurre en México y es su “regreso de entre los muertos´´; entre otras el actor americano destacó no solo la importancia de darle voz más allá del típico americano e historias centradas en sus propias fronteras e idioma, como que el público necesita y se merece mucho más porque “no todos los héroes son hombres de pie blanca que hablan en inglés´´, palabras que fueron aplaudidas por el público y su compañero de reparto.

Aguardando más eventos similares, me quedo con los actores, dos personas asombrosas que nos han acercado un poco más al mundo del séptimo arte, con educación, humor y pasión por lo que hacen.

 

Series: 3% (T1), en Netflix

Por Karol Scandiu

serie2Apostando por producciones propias y de calidad (la mayoría en mi opinión) Netflix llegó pisando fuerte a nuestros hogares. Un gran ejemplo de eso es la serie “3%” que ha sido para mí una de las sorpresas más gratas y frescas dentro del abanico de novedades actuales.

Grabada en Brasil (la primera serie por la que apostó Netflix en otro idioma que no el inglés), “3%” nos presenta un futuro distópico original y dramático, que ha logrado traernos con la primera temporada una gran premisa para su continuación que se encuentra en pleno rodaje.

La serie se centra en un futuro en el cual la élite social reside en una isla paradisíaca, lejos de las barriadas superpobladas. Para poder llegar allí y ser uno más de los privilegiados, una vez al año se llevan a cabo una serie de pruebas durante lo que llaman “El Proceso”; jóvenes que cumplen los 18 años se presentan en las sedes que están destinadas a eso, pero solo un 3% de cada grupo logra salir de la miseria y llegar a esa tierra prometida. Los que no consiguen hacerlo, regresan a las urbes y deben seguir sus vidas entre la pobreza que les rodea.

Una trama original, sencilla si solo se tiene en mente la sinopsis, sin embargo, al adentrarte en el mundo de “3%”, descubres los entresijos de una sociedad elitista e inmoral que lleva a cabo, nada menos, que una criba humana anual bajo la promesa de la vida perfecta que mantiene a los seres humanos sobreviviendo a toda costa decididos a cumplir con el sueño, otros a merced de un futuro incierto si no lo logran, y a los que finalmente lo hacen… ahí ya tengo que dejarles a vosotros descubrir lo que ocurre.

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Sin demasiadas florituras ni el uso exagerado de efectos visuales o especiales, ese futuro que podría estar tan cerca, nos trae sobre todo una crítica humana y social realista (algo que creo que debería hacernos sentir las obras dentro de ese género en concreto), un futuro que podría ser cierto sin ir más lejos de la propia actualidad en la que vivimos si no se cambia el rumbo; sin necesidad de catástrofes químicas, seres que regresan de la tumba, páramos desolados y rodeados de horrores, nos presenta ese mundo donde el que tiene, lo tiene todo, y el que no, solo dispone de una única oportunidad para conseguirlo… pero ¿a qué precio?

Recomendada al 100% para los amantes de las distópias limpias y sin más pretensiones que la de hacernos pensar y valorar (y también disfrutar de su historia) una serie para tener en cuenta y, por supuesto, estoy deseando esa segunda temporada, pues la primera nos presenta esa sociedad, sus reglas… lo que pasará de ahora en adelante, será todo un mar de sorpresas.

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Con guión de Pedro Aguilera y dirigida por grandes del cine brasileño como César Charlone, Daina Giannecchini, Dani Libardi y Jotagá Crema, espero con ganas su continuación para conocer más (y mejor) a los protagonistas. Con actores como Bianca Comparato (Michelle) o João Miguel (Ezechiel), “3%” ha empezado, lo que espero, sea un nuevo mercado de productos por los que apueste Netflix más allá de las fronteras de Hollywood, deseando con ganas que las producciones sigan este camino y esperando ver más series y películas con esa carga de originalidad y propuestas patrias.

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Sons of Anarchy (SoA): Review del final de la serie.

Un artículo de Clara Burke.

(Obviamente contiene spoilers)

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Sons of Anarchy, más que ser una serie de moteros norteamericanos, rudos, valientes, leales y con un sentido particular de justicia (que lo es), es una serie sobre el aprendizaje y los lazos que unen a las personas.

Sobre el aprendizaje, porque la serie comenzó con un joven e idealista Jax que no conoce en realidad a su padre, la leyenda de SAMCRO John Teller, y finaliza con un Jax que cierra un ciclo vital no sólo en la historia del club, sino que conoce a su padre, su visión y es consciente de lo que es, por herencia genética y por devenir. Sobre los lazos que unen, porque Jax es un ejemplo de lealtad. Lealtad más que en un sentido poético en un sentido virulento, arrebatador e inamovible.

Jax es el ejemplo de la lealtad llevada a un exponente estratosférico, pero en su cara B encontramos la venganza por la traición a la lealtad incondicional que ofrece. Su viraje como personaje ha estado muy determinado por la lealtad que le han brindado sus más cercanos y en el momento de mínima traición se ha convertido en el sujeto más letal que se pudiese imaginar. Sin embargo la lealtad que ha sido bidireccional, la que ha recibido y los lazos de amor tan fuertes que ha creado con todas las personas que le han querido,  le han servido para no terminar como ningún otro personaje de la serie, porque él ha decidido cobrar todas sus deudas y ha tenido en último término la decisión de cómo y cuándo marcharse. Además ha tenido la capacidad de dejar a todo el mundo en su sitio: ha terminado la salida definitiva de sus hijos de Charming (lo que no terminó de hacer Tara), ha terminado con los enemigos que habrían hecho la vida imposible al club, ha terminado con la malla de mentiras que inició Gemma, ha dejado a un club devastado pero libre de armas y drogas, ha reconocido (al fin) a Wendy que es una buena madre y, en fin, ha elaborado un punto y aparte en las vidas de todos los personajes (que han quedado vivos).

A nivel simbólico no existiría ninguna una manera más pura para él que marcharse tras tener un encuentro con esa parca que ha llevado toda la vida cerca, en su espalda y en sus manos, y en la moto de su padre, una moto brillante, antigua y azul americano. Si John Teller fue un intento sesgado de libertad, Jax ha tenido que esperar siete temporadas para saborearla. Y es en ese momento, ese momento en que se deja llevar, cuando levanta las manos del manillar cuando verdaderamente ha dejado de tomar el control de todo y simplemente, como el cuervo que cruza el cielo, es libre.

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