CÁNTICOS DE LA LEJANA TIERRA, de Arthur C. Clarke

Por R. G. Wittener

 

Año 3827. La plácida colonia del planeta Thalassa escucha el rugido de una nave interestelar por primera vez en ocho siglos, y con ese estruendo premonitorio se anuncia el encuentro inminente de dos sociedades muy distintas que nunca deberían haberse encontrado: la de los humanos nacidos y criados en Thalassa, y la de los terrestres de la nave Magallanes, en ruta a un nuevo planeta al que llamar hogar.

La novela de Arthur C. Clarke elucubra, de manera principal, sobre el tipo de tecnología que debería desarrollarse para dar a la humanidad la capacidad de alcanzar los planetas fuera del sistema solar; postulando por otro lado un ideal filosófico, que impidiera a esas nuevas sociedades humanas replicar los peores defectos de los terrestres. El primer tercio de la novela es, en ese sentido, el más “hard”, pues nos habla de todos los conceptos científicos en los que se basaría ese hipotético viaje interestelar; lo cual hace que pueda resultar un poco pesado para los lectores que no sean medianamente aficionados a la ci-fi. Aunque son episodios cortos, y se entremezclan con la historia de la Tierra moribunda y el desarrollo de Thalassa.

El resto de la novela gira en torno al choque cultural de “los últimos terrestres” con los Thalassos, pues los unos cargan con todo el bagaje de la extinta Tierra y los otros se han desarrollado en una sociedad utópica, de modo que está siempre en juego la posibilidad de “contaminar” a los Thalassos con conceptos e ideas que los siglos de educación programada habrían logrado eliminar (la idea de dioses o religiones, la violencia, el patriarcado…). Aunque, como es de suponer, alcanzar esa utopía tenía un precio. Y para los aficionados al arte no podría ser más ominoso: a los Thalassos se les habría negado la posibilidad de conocer la casi totalidad de la literatura universal (Clarke lo justifica en el hecho de que, en esas nuevas sociedades, las obras carecerían de sentido una vez perdido el trasfondo cultural y filosófico que las sustenta), y en menor medida la música (Clarke purgaría la ópera, y bromea sobre la paradoja de artistas con “sinfonías perdidas”), y las artes visuales. Eliminando así cualquier expresión artística que pudiera vincularse con esos elementos sociales negativos (de hecho, en cierto momento se descubre que la Magallanes transporta una fracción de los museos terrestres, como solución última a que esos tesoros se perdieran junto con el planeta).

En conjunto, la novela es entretenida. El planteamiento de una Tierra moribunda y de naves generacionales como solución de supervivencia recuerda un poco a la reciente Interestellar, si bien Clarke juega con una herramienta recurrente en el género: la evolución tecnológica que hace obsoleto el sistema de transporte usado con anterioridad (y que explica por qué la Magallanes no es un simple contenedor de material genético y tiene tripulación humana). Eso sí, le achaco un excesivo optimismo a la mayoría de sus supuestos; a pesar de estar escrita en la época en que la Guerra de bloques comenzaba a distenderse y la colaboración internacional se volvía habitual, considerar posible que la Humanidad hiciera frente común para lograr la supervivencia cuando la amenaza queda a un milenio de distancia me parece… excesivo.  Y en cuanto a la sociedad utópica alcanzada en Thalassa, se le nota demasiado a Clarke la seducción que ejerció sobre él Sri Lanka, el lugar donde decidió refugiarse a los cuarenta años para pasar el resto de su vida.

Por otro lado, expone de manera muy clara cómo cada uno de esos planetas terraformados daría lugar a grupos que, en definitiva, serían alienígenas entre sí, pues las condiciones medioambientales de cada colonia condicionaría con toda seguridad su evolución posterior. Además,un elemento menor de la trama (pero relevante en las consideraciones reales para la colonización de otros planetas), es la posibilidad de encontrarse con especies indígenas inteligentes. Clarke prefiere dejar el tema abierto, aunque no puede evitar que el natural recelo a lo desconocido marque la respuesta de los Thalassos hacia una raza submarina con evidentes señas de ser una sociedad organizada. Y ese miedo hacia la lucha por “la tierra prometida” se deja ver también, en cierto modo, a través de las tentaciones que sienten parte de los tripulantes de la Magallanes por olvidar su destino original y asentarse en Thalassa; recordando los enfrentamientos entre pioneros en el Salvaje Oeste y otros terrenos colonizados.

Así pues, una lectura recomendada para aficionados a la Ci-Fi espacial que aún no hayan profundizado en la obra de Clarke, y para aquellos interesados en las novelas que se centran más en el conflicto social. Dudo que salgan decepcionados.

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